Qué pone en riesgo a nuestros hijos en un divorcio. 
El conflicto interparental.
Lic. Silvia Salinas
Lic. Ana Tempelsman
Este último año estuvimos presentando junto a Jorge Bucay nuestro último libro, Seguir sin ti. A lo largo de las conferencias que realizamos en España, Argentina, México y Uruguay nos llamó la atención el profundo interés que percibimos, de parte de los padres separados, sobre cómo ayudar a sus hijos a transitar el divorcio.
Ocho años después de separarme del padre de mis hijos, viendo que ellos están bien, y que mi ex marido y yo tenemos una buena relación, empecé a pensar que seria bueno compartir mi experiencia, para que los padres que piensan separarse y aquellos que ya lo hicieron puedan ayudar a sus hijos en uno de los momentos más difíciles de la vida.
Ana, mi hija mayor, que me acompañó desde chica a las presentaciones de mis libros, me propuso escribir juntas sobre este tema. Me sorprendí al escucharla: “Lo que pasa es que los padres que se separan nunca tuvieron la experiencia de ser hijos de padres separados. Los papas de mis amigos se separan todo el tiempo, pero ¿cuántos de estos son ellos mismos hijos de padres separados?”.
Así fue que tomamos la decisión de hacer algo diferente: ella se encargaría de hacer encuestas y recaudar testimonios de hijos de padres separados, y yo colaboraría con el material teórico psicológico.
Cuando se lo comenté a Jorge, que conoce a Ana hace muchos años, me dijo que le parecía una idea muy original, y me alentó a emprender el proyecto.
Cómo evitar el sufrimiento adicional
El sentido de estos artículos es dar a conocer que podemos ayudar a nuestros hijos cuando una separación se plantea. Creo que el dolor es inevitable, pero hay un sufrimiento adicional que sí podemos prevenir.
Ese es el objetivo de esta serie de artículos. Para mí, escribirlo es doloroso. Y se que no va a ser fácil para los padres leerlo, pero creo que es de mucha ayuda entender por qué sufren los hijos.
Lo más difícil es que en situaciones de crisis, como son las separaciones, caemos en estados de enojo y nos es difícil ser concientes de lo que estamos haciendo, porque la pasión y las emociones nos pueden. Mi objetivo es que tomemos conciencia. No para culparnos, todos nos equivocamos. Yo misma me doy cuenta de que me equivoqué, pero también me perdoné y trabajé mucho para superarme. Si algún padre al leer estas líneas se siente culpable, lo más importante es que aprenda a perdonarse. Hicimos, hacemos lo que podemos. Estos artículos son para mejorar, para darnos cuenta de que a veces nos equivocamos y que tenemos la posibilidad de reparar.
Los hijos del divorcio
Me han contado que hace 30 o 40 años no era así, pero desde que yo nací, el divorcio es algo tan común como el casamiento. Los padres de mi mejor amiga se separaron cuando nosotras teníamos 6, los padres de mis hermanos se separaron antes de que yo naciera, y en el 2000 viví yo misma la separación de mis padres. Para mi generación el divorcio es un tema cotidiano.
A lo largo de toda mi vida escuché las confesiones más íntimas de mis amigos, tristes, asustados o enojados por la manera en que sus padres se comportaban alrededor del divorcio. Y tuve yo misma roces y peleas con mis padres, por motivos de todo tipo.
Mi intención no es, de ninguna manera, condenar y criticar a los padres que se separan. Yo entiendo que hay veces que un matrimonio no es feliz, y a pesar de que a todos nos duela, la separación es la única solución. De hecho, creo que es mejor para nosotros que nuestros padres se separen, y no que peleen constantemente, o vivan infelices o insatisfechos. Pero también creo que no todos los divorcios son iguales. Antes, durante y después de una separación, los padres pueden tomar decisiones y acciones que determinan el ambiente, el nivel de estrés, y los riesgos de problemas emocionales en sus hijos. El divorcio ocurre, y es doloroso. Pero, dependiendo de cómo los padres manejen la situación, los hijos podemos pasarla mejor o peor, resultar más o menos dañados.
La experiencia de los hijos
Este año me recibí de Licenciada en comunicación. Inevitablemente, tuve la crisis típica que implica terminar los estudios y decidir a qué quiero dedicar mi vida. Lo que tengo resuelto por ahora, es que quiero hacer algo que, al menos a mí, me resulte importante y significativo. Y será que las crisis reviven de alguna manera todas las crisis pasadas, porque empecé a repensar la separación de mis padres.
Yo no soy madre, pero creo que a los padres nada les importa más que el bienestar y la felicidad de sus hijos. Por este motivo me sorprenden tanto algunas actitudes que a veces demuestran. Creo que la clave del problema es que los padres que hoy se separan nunca tuvieron la experiencia de ser hijos de padres separados. La mayoría de las personas que hoy se separan no vivieron lo que vive un chico cuando su mamá y su papá deciden divorciarse, no conocen ese dolor, no saben cuales son los miedos, las fantasías, las pesadillas de un niño que ve derrumbarse su familia y su hogar.
Honestamente creo que si supieran algunas de las cosas que nos pasan, y entendieran algunos de nuestros comportamientos, podrían trabajar para evitar el sufrimiento adicional que a veces nos causan.
Hace unos meses le planteé mis ideas a mi mamá, que es psicóloga de parejas y escritora. Ella me escuchó muy atentamente, con un pequeño dolor en el alma, como siempre que hablamos de la separación. Volvió unos días después para contarme lo que había pensado. Me dijo que hace muchos años que nota que existe un interés muy grande de parte de los padres por saber qué se hace con los hijos, cómo se los puede ayudar a transitar la crisis del divorcio, y cómo hacer para brindar todo lo necesario para que la familia se recupere y encuentre una nueva armonía en el funcionamiento. Hace muchos años que mi mamá escribe sobre el vínculo de pareja, los problemas maritales y las separaciones, y me admitió que tal vez evitó el tema de los hijos porque le resulta personalmente duro revisar el dolor que nos causo a mi y a mi hermano cuando se separó de mi papá. Pero también me dijo que le parecía una idea brillante y que, si trabajábamos juntas, podía salir algo muy interesante. Esta es la propuesta a partir de la cual empezamos a trabajar. Coincidimos en que es clave dar espacio y lugar a que los hijos de padres separados hablen, nos cuenten de su dolor, de su experiencia y sus necesidades. Nuestra idea es empezar a pensar desde los hijos, sabiendo que es un terreno nuevo, difícil y doloroso, pero que es necesario abordar.
El conflicto interparental
Luego de hablar con chicos de varias edades, con historias y vidas diferentes, puedo decir que lo que más nos daña a los hijos es la pelea entre los padres. El hecho de que nuestros padres estén juntos o separados no modifica esta premisa: a los hijos nos duele tremendamente ver a nuestros padres en guerra. Muchos hijos me han confesado que ver el odio entre sus padres, escuchar las cosas que se decían y ver como se lastimaban uno a otro les causó mucho más dolor que el hecho mismo de la separación. Insisto, la base del bienestar de los hijos, estén los padres juntos o separados, consiste en que los padres logren tener una relación cordial, minimizando los roces y las peleas. A lo primero que apunto entonces, es a que los padres tomen conciencia de que, sea como sea, tienen que encontrar la manera de frenar la pelea. Los chicos nos criamos en el espacio físico que está en el medio de los dos padres. Este es nuestro mundo, este es el lugar en el que podemos crecer, en el que nos sentimos seguros. Cuando este espacio se convierte en un campo de batalla, cuando este espacio es tomado por un juicio, sentimos un dolor al que no podemos escapar. Y estar en el medio de la pelea entre los padres, que son las dos personas más importantes en nuestra vida, es un lugar imposible.
El miedo de vivir entre dos padres en guerra
“Mi mayor miedo, de chica, era que se cruzaran mis papás. Los días en que mi papá me venia a buscar por la tarde intentaba ir a lo de alguna amiga, para que no tuviese que venir a mi casa. Pero el domingo a la noche era inevitable. Mi papá nos llevaba a mí y a mi hermana de vuelta a lo de mi mamá, y siempre encontraban algún motivo para empezar la pelea. Una mirada, un comentario punzante, y ambos sacaban su larga lista de quejas, reclamos y recriminaciones. Y siempre terminaba con mi mama llorando, mi papa amenazando con no venir a vernos más a nosotras, y ambos gritándose cuánto se odiaban y cómo el otro les había arruinado la vida. Era insoportable.” (Lucia, 27 años). Cuando nuestros padres se pelean, nosotros nos preocupamos por qué va a ocurrir, nos da miedo que alguno de nuestros padres salga lastimado, o salir lastimados nosotros. La identificación con ambos padres es tan grande, que nos sentimos dentro de la pelea misma. No es algo que observamos desde afuera, sino un conflicto que sentimos dentro de nosotros. Cuando los padres pelean permanentemente, los chicos vivimos asustados, y somos más vulnerables a todos los miedos. Y los chicos que están asustados todo el tiempo, no están creciendo: utilizan toda su energía para sobrevivir, descuidando su crecimiento físico y emocional. Cuando vemos sufrir a un padre, los chicos sufrimos con y por él. Si ambos padres se pelean, somos nosotros los que recibimos los golpes.
El odio de un padre hacia el otro
Es común que los padres, dolidos o enojados por la separación, hagan cosas para deteriorar el bienestar de su ex pareja. Tal vez el ex se portó de una manera miserable con ellos, tal vez los dejó por otra persona, y yo entiendo el deseo de venganza que surge contra una pareja que nos maltrato. Lo que quiero transmitir, es que cuando un papá le grita a su ex mujer, en nuestros ojos, le grita a nuestra madre. Nosotros no vemos a los padres como dos personas en una pareja o ex pareja, sino como nuestra mamá y nuestro papá. Y todos los hijos necesitamos que ambos padres estén bien, sanos y felices, para poder estar bien también nosotros. Si un hombre no le pasa plata a su ex mujer para castigarla, es nuestra madre la que vive con miedo de perder la casa, angustiada y enojada. Si una mujer le retacea las visitas de los chicos a su ex marido para castigarlo, somos nosotros los que vamos a extrañar a papa.
Aprender a superar una crisis
El último tema que quiero tratar, en relación a la pelea de los padres, se refiere al modo en que interfiere con la aceptación y superación adecuada del divorcio por parte de los hijos. Para muchos chicos el divorcio es la primera gran crisis de nuestra vida, nosotros no sabemos superar un trauma de este tamaño, necesitamos que nuestros padres nos sirvan de modelo, y nos enseñen como lidiar con una situación difícil. Si los padres se enojan y se pelean, esto es lo que vamos a aprender a hacer ante los problemas. Es clave para que los chicos podamos soltar y superar el divorcio, que los padres resuelvan sus problemas y suelten también. Si ellos nunca concluyen el duelo, nosotros nunca podremos hacerlo. Porque no vamos a saber cómo, y porque nos vamos a quedar estancados en el mundo de odio y de peleas entre ambos padres. Es importante que intenten superar el divorcio y ser felices para mostrarnos que se puede superar los problemas, se puede volver a estar bien después de una crisis, y que el divorcio no es el fin del mundo. Apoyar a los hijos a superar el trauma del divorcio nos enseña y ayuda a internalizar un modo positivo de aceptar y crecer de los eventos dolorosos.
Salir de la idea de justicia
Es muy importante para el bienestar emocional de los hijos que los padres tengan un buen vínculo. Y como padre, esto frecuentemente implica hacer cosas que consideramos injustas, que creemos que no nos corresponden o que no nos merecemos. Esta es una cosa muy difícil de entender: es necesario aceptar una situación injusta para proteger a los hijos.
El camino es aprender a reaccionar de forma diferente ante el mismo estímulo. Las personas suelen decir: “si él se comporta de esta manera, yo no puedo evitar reaccionar así”. Esto es falso. La manera de crecer es aprender a responder de modos diferentes. No importa lo que haga el otro, si yo tengo conciencia de que reaccionando con enojo daño a mis hijos, puedo buscar respuestas alternativas.
Conectarse con el sufrimiento del otro
Una de las maneras más eficientes para salir del enojo es aprender a pensar lo que le pasa al otro. Uno está siempre conectado con su propio dolor, sin pensar que el otro también sufre. Entender, por ejemplo, que si no me da el dinero por alimentos, es porque está dolido y enojado. Y no es que tenga razón, no importa quien tiene razón. Solamente intento entender por que lo hace: es su manera de castigarme. Y no estoy de acuerdo, pero por mis hijos, voy a disimular esta situación para no crear más caos y conflicto en sus vidas.
La idea es aceptar que cada uno hace lo que puede, que el otro también está herido, y que yo no soy la única victima de la situación. Si salimos del centro de la escena podremos ver que el otro no es un enemigo, sino otro ser que esta padeciendo esta separación.
Esto no significa que no haya que poner límites. Es bueno y necesario saber poner límites para que no nos dañen, pero ponerlos desde un lugar de amor, no desde el enojo.
Tomar responsabilidad por la situación
El objetivo es tomar conciencia de que frenar la pelea depende de uno. No podemos cambiar al otro, si nos separamos, probablemente sepamos esto. No podemos justificar nuestras acciones con las malas acciones del otro. Hay que salir del lugar de la queja y aceptar que no podemos influir en lo que hacen los demás, y ver que está dentro de nuestras posibilidades para mejorar la situación. Esta es la realidad que le toco a cada uno, esta es la ex pareja, este es el desafió que nos puso la vida. El camino es dejar de intentar cambiar al otro, y pensar qué puede cambiar uno.
El vinculo entre los hijos y la ex pareja
Otra situación toxica para los hijos ocurre cuando se los pone en medio de la pelea entre los padres. Muchas personas, indignadas por el comportamiento del ex, tienden a quejarse frente a sus hijos. Piensan que “tienen que saber quien es el padre”. Esto es un error. No necesitan saberlo ahora, lo sabrán cuando quieran saberlo, no hay ninguna razón para comunicárselos ahora. Para los hijos es sano tener una buena relación con ambos padres. Por su bien, debo tratar de que quieran a su padre o madre, aunque yo no lo quiera. Ese es su papa, es el único que tienen, es bueno para ellos quererlo como es. Entonces, no cultivarles el enojo. No mostrarles sus peores defectos, sino intentar que vean siempre lo mejor que tiene el papa. Y si esto me resulta demasiado difícil, por lo menos no intentar que se enojen con él, mostrándoles las cosas con las que no estamos de acuerdo. Para los chicos es fundamental tener una buena relación con ambos padres. Seamos concientes de esto, cultivemos la buena relación entre los hijos y la ex pareja.
Salir del enojo
Entiendo que a veces uno esta tan enojado que no puede evitar lo que hace. Pero puede dejar de cultivar el enojo. El enojo se cultiva con pensamientos repetitivos, con fijaciones sobre las ideas que no nos gustan, que se hacen cada vez más grandes. El objetivo es frenarlo, y cuando nos vienen esas ideas, intentar sacarlas, no incentivarlas. Porque, además, no queremos que nuestros hijos vivan con una persona enojada, en un clima de odio y absorbiendo la energía del resentimiento. El camino es tomar conciencia de que el enojo no sirve, que nos daña y que daña a los otros. Dejar de cultivarlo, y conectarnos con el inmenso dolor que siempre se esconde detrás: entender que el enojo es una reacción superficial de un dolor muy profundo, y entregarse al dolor de la separación.
Dejar de culparnos y empezar a reparar
La base de lo que queremos transmitir es la toma de conciencia de que la pelea daña. Que los padres no estén juntos ya es un dolor, intentemos no empeorarlo. Como padres separados no podemos evitar el dolor del divorcio, pero si podemos prevenir el sufrimiento adicional si trabajamos con nuestro orgullo, nuestra idea de justicia, y frenamos el enojo y la pelea. Si me doy cuenta de que me equivoque, lo mas importante es no culparme, en vez, observar lo que hice, tomar conciencia para mejorar y reparar, y perdonarme. Si estoy en el enojo, no hacer una apología de las razones que tengo para enojarme, sino tomar conciencia que tengo que salir de ese estado por el bien de todos.
Yo soy una madre separada, y cometí errores. Se que lo que pido es difícil porque a mi misma me fue difícil. No quiero crear en los lectores una exigencia tremenda, no quiero que se culpen, sino que traten de cambiar, que observen el daño que tal vez están causando, que busquen superarse por el bien de sus hijos.
Nosotros se lo vamos a agradecer eternamente.
El tesoro oculto de la crisis. 
Frente a una separcion de pareja nos conectamos con nuestra sensación de soledad
Decia Socrates
El hombre no es un problema para resolver , sino una soledad para curar
Esta es la oportunidad cuando nos separamos como resolver nuestra soledad
Es un momento donde nos sentimos solos y tenemos que ver como resolver nuestra vida sosteniendonos en nuestro interior
Un divorsio es una oportunidad para encontrarnos con nosotros mismos, ya no tengo a quien echarle la culpa,de lo que me pasa.
Si me siento mal, aburrido angustiado, solo, es solo mi responsabilidad
Y esto aunque en un primer momento sea muy difícil y pasemos por momentos muy duros,
es el principio de encontrar una salida a nuestras tristezas, dolores, angustias.
Puede ser un momento muy fértil donde enuentro las respuestas en mi interior
Si podemos aprender a sostenernos en nuestro centro, buscando nuestros recursos, no aferrarnos a que otro me de la felicidad o el amor que no encuentro en mi, sino encontrar ese centro de amor que todos somos
Todos somos una fuente de amor
Tenemos la creencia que necesitamos que nos den amor las otras personas
Pero en soledad, podemos descubrir nuestra propia fuente de amor y nuestra capacidad de darlo
Eso nos hace fuertes.
Algunos al leer estas palabras podrian temer que este camino nos lleve a no encontrar una nueva pareja, porque podemos estar bien solos.
No es asi al contrario cuando estoy sostenido en mi ser y no necesito que otro me sostenga estoy preparado para tener una buena pareja , no porque la necesito sino porque es maraviloso compartir la vida con alguien.
Entonces una pareja basada en la alegria de compartir, es muy difernte que una basada en que no puedo vivir sin vos porque te necesito para no sentirme solo.
La salida es poder amarnos tal y como somos.
Darnos cuenta de que aún nosotros nos amamos de una manera relativa; sólo si cumplimos con las expectativas de aquello que creemos que tenemos que ser: si tenemos éxito; si somos buenas madres , buenas esposas, buenas amigas.
Pero nos desagrada cuando vemos nuestros aspectos más débiles: cuando tenemos miedo, cuando somos dependientes.
La idea es, amarnos como somos. Y aceptarnos con nuestras debilidades.
Esto implicaría la capacidad de desarrollar un amor incondicional hacia nosotros mismos.
Tenemos que volver hacia adentro,ver y descubrir nuestro propio desamor hacia nosotros para empezar a cambiar.
Esta es la gran oportunidad que tenemos cuando estamos sin pareja :Desarrollar el amor incondicional hacia nosostros mismos.
El amor (y la eterna búsqueda del final feliz)
Empezando o terminando el camino,con la pasión idéntica, intacta;
tanto a los diecinueve como a los setenta y cinco.
Mujeres que sabemos de nuestra misión.
Florinda, había recuperado su reino, pero sólo le importaba
reencontrarse con el hombre que le había enseñado del amor.
Pasó los obstáculos hasta sentir que sucumbía; entonces le llegó
la fuerza del hada.
Siguió atravesando los infiernos, montañas, caminos empinados.
Junto a su aliado, el eco.
Habló, gritó; no paró hasta no ser escuchada.
Una mujer de conocimiento, sabe que de eso se trata estar viva.
Nos dejamos llevar, confiamos; las señales nos guían.
La fuerza de la caída, nos eleva. Juntas, la tierra nos sostiene.(El texto de Silvia Salinas, que antecede el artículo, resume
el espíritu del mismo. Todas ellas, cada una con su vida
y sus proyectos, se reúnen a escribir una vez por semana
en el Taller Tangerina que coordina Ana).
Liberándonos de la culpa
La culpa: Una pelea con uno mismo.
No hacen falta palabras para definir la culpa, cualquiera de nosotros conoce el malestar interno que sentimos cuando ese sentimiento nos invade. Es sumamente displacentero, sin embargo no logramos liberarnos fácilmente de él, sólo atinamos a explicar las “razones” que nos hacen sentir en pelea con nosotros mismos. La culpa es, justamente, un estado de pelea entre el que somos y la idea que tenemos de cómo deberíamos ser. Nos negamos a aceptar que somos como somos. Pelear para dejar de ser quienes somos y lograr ser lo que “deberíamos” es una batalla perdida de antemano que consume nuestra energía y nos conduce a la amargura. Aceptar amorosamente que somos quienes somos es un requisito indispensable para que la culpa se diluya. Esto no quiere decir que las cosas no puedan cambiar y que no podamos adquirir una visión mas clara y mejorar nuestra situación, lo que estoy tratando de decir es que no lo lograremos por el camino de la culpa y el reproche.
Recuerdo el caso de Roberto, dueño de una pequeña empresa en Argentina. En el último vuelco grave de la economía de ese país, la empresa quedó sin trabajo y luego de varios intentos lo mas aconsejable parecía cerrarla. Cuando la propia realidad acorraló a Roberto tomó la dura y costosa decisión. Todo quedó en orden pero Roberto se encontró sin trabajo, con pocos ahorros y con más de cuarenta años. Ana su mujer era una profesional independiente que trabajaba colaborando significativamente con la economía familiar aunque nunca había sido el principal sostén. De golpe los roles se invirtieron y la mujer pasó a ser el proveedor de la casa mientras Roberto trataba de reacomodarse para ver que rumbo tomar. Ninguno de los dos estaba acostumbrado a esta situación. Ana enfrentó el desafío aunque sentía el peso de un lugar en el que nunca había estado: tener la carga económica sobre sus hombros. Roberto se sentía oprimido por la culpa de no ser “suficiente” volviéndolo ultra sensible. Esta situación no tardó en repercutir en la pareja. Cuando Ana se mostraba cansada él interpretaba el hecho como un reproche hacia su “ineptitud”. Las discusiones iban en aumento mientras que los ahorros decrecían. Cuando Roberto acudió a mi consultorio se había metido hacia adentro y se alejaba del mundo, en un momento en que necesitaba justo lo contrario. Estaba tomado por la depresión y virtualmente paralizado.
Llegó con el razonamiento obvio: “Cómo no voy a estar así con lo que me sucedió”. Comprendí su sufrimiento, su tristeza, pero fuimos develando poco a poco la manera en que la culpa complica las cosas ya que lo que convierte la tristeza en depresión es la sensación de fondo que “es culpa mía lo que sucede” y si bien Roberto por afuera responsabilizaba a la marcha de la economía, por dentro se culpaba de no haber “hecho lo suficiente”. Indagando en su historia resultó ser este un viejo dolor, al ser el hermano del medio entre dos hermanos sobresalientes donde su padre le marcaba que nunca estaba a la altura de las circunstancias. “No hiciste lo suficiente” era el guión de su película, el telón de fondo de todos los actos de su vida. Trabajamos para deshacer esa idea ya que lo que agregaba un sufrimiento insoportable a la situación triste era la culpa generada por esa creencia forjada en su infancia.
Fuimos trabajando para que aceptara que él, como todos, era como era y desprenderse de esta culposa idea de “no ser suficiente”. Finalmente Roberto, con su tristeza a cuestas se atrevió a iniciar una nueva actividad, deseada desde hace mucho tiempo. Nunca hubiera dejado su empresa y dado este salto de no mediar esta “circunstancia desgraciada”. Hoy poco a poco está creciendo económicamente y desde ya los problemas de pareja han quedado en el pasado.
Las semillas de la culpa
Las semillas de la culpa surgen en nuestra niñez cuando nuestros padres, en mayor o menor medida y con las mejores intenciones, no nos validan tal cual somos. Allí vamos construyendo la idea de que está mal
ser como somos y comenzamos a embarcarnos en ser otros, esto es, acercarnos a aquel que nuestros padres dicen que debemos ser.
Un ejemplo sencillo y conocido es cuando el niño varón es sorprendido llorando y el padre le advierte, “Los hombres no lloran”. En esta situación, sin advertirlo, el niño saca sus primeras conclusiones: “Está mal llorar, está mal lo que siento”. A partir de allí cada vez que llore se sentirá culpable de no responder a esa idea.
El problema radica que no nos damos cuenta que la frase: “Los hombres no lloran”, es solo una idea, la sentimos como una “realidad”, entonces el lugar de aceptar lo que nos pasa (que lloramos) nos imponemos aceptar como “realidad” la idea que los hombres no lloran, y cada vez que un hombre tiene ganas de llorar se siente culpable. Así nos van introduciendo las ideas de cómo debemos ser. Tenemos una construcción mental completa de lo que está bien pero como la única realidad es que somos como somos, nos llenamos de reproches y terminamos enojados con nosotros mismos por no ser como nuestro sistema de ideas lo indica. No importa cuan ideal y “bueno” sea el modelo que tengamos, lo que importa es que no somos ese modelo y todo el aliento o los castigos contra nosotros mismos están destinadas al fracaso y a sumirnos en la amargura y la depresión.
Las ideas que adquirimos en la relación con nuestros padres se ven aumentadas por lo que la sociedad nos indica como lo bueno y debido. Como en el caso de Roberto la sociedad suele adjudicar al hombre el papel de proveedor y cuando no lo cumple “como se debe” no es suficientemente hombre.
Por todos lados directa o sutilmente nos dicen que es lo que se espera de nosotros y cuando encontramos que nuestra vida no coincide con esas expectativas intentamos “cambiarla” para que se amolde a lo que se espera y cuando fracasamos nos sentimos culpables.
No se trata que esté mal tener ideas de lo que queremos ser o hacer, sino de lo que hacemos cuando nuestra vida no coincide con nuestras ideas. La propuesta es aceptar lo que sucede, soltar el ideal y ocuparnos amorosamente, sin recriminaciones ni culpas de lo que haremos a partir de lo que hay. La situación en que nos encontramos puede gustarnos o no, pero es lo que hay y sólo podemos construir a partir de lo que hay y lo que hay es mucho más sólido que cualquier idea brillante de lo que debería ser.
El juez interno.
Los efectos de la culpa son interminables, es como si lleváramos un juez interno que cada vez que nos apartamos del modelo nos murmura al oído sus acusaciones. Bastaría convertirnos en observadores de nosotros mismos para notar la manera que, directa o indirectamente, nos enjuiciamos y lo notable es que nos parece que este juez interno nos guía por el camino del bien, cuando en realidad sólo nos perjudica.
No queremos desprendernos de nuestras ideas. Esas inútiles tablas del bien y del mal, nos parecen mas sólidas que nuestra realidad. Sin embargo le damos cabida permanentemente a nuestro juez interno porque creemos que nos ayuda. Un claro ejemplo se su inutilidad es el caso del alcohólico. Es harto sabido que el alcohólico no sale de su condición porque su juez interno o todos los jueces del mundo lo culpen, lo denigren y le digan que está mal tomar, sólo puede aspirar a salir cuando reconoce y acepta amorosamente su estado y aún así, tal cual es, se considera querible y digno de ayudarse y de recibir ayuda, o sea al revés de lo que su juez interno le dice: sos indigno, así nadie te quiere. El juicio nubla el entendimiento. Cuando se suspenden los juicios hay lugar para el amoroso interés y empezamos a entender verdaderamente el origen de nuestro comportamiento.
Cuando ponemos afuera el juez interno.
No siempre reconocemos que somos los generadores de nuestras propias culpas. Muchas veces le recriminamos al otro que “nos hace sentir culpable”. Esa situación no podría existir a menos que alguna parte nuestra comparta la acusación.
Me viene a la memoria mi propio caso. Antes de tener mis hijos me fui formando como terapeuta en Estados Unidos. Cuando me casé interrumpí mi formación hasta que mi hijo menor tuvo cuatro años. Cuando retomé para asistir a cursos cortos, mi mamá me preguntaba “inocentemente” si era realmente “necesario” que yo viajara y cuando me veía perseverante aumentaba la apuesta aclarando que si el avión se caía mis hijos quedarían sin madre. Por supuesto me enojaba muchísimo con mi mamá pero viajaba igualmente. Cuando llegaba a Estados Unidos la culpa comenzaba a hacer su trabajo y ningún curso me parecía lo suficientemente bueno para justificar mi “herejía”. Poco a poco me di cuenta que eran mis propias ideas sobre lo que debía hacer que estaban interfiriendo y no me dejaban apreciar lo que cada curso tenía para darme. Era cierto que mi mamá me reprochaba, pero también era cierto yo misma me identificaba con ese reproche.
Ablandando al juez.
Seguí viajando porque así lo necesitaba, por otro lado mis hijos no presentaban síntoma alguno y mi marido me alentaba. Cuando volvía me sentía satisfecha, llena de amor y el contacto con mis hijos era inmejorable, sin embargo cuando estaba allá seguía sintiendo cierta culpa. El trabajo para disolverla fue observar los pensamientos, las ideas, las frases que me invadían cuando la culpa me tomaba: “Deberías estar en tu casa”, “Una buena madre no deja a sus hijos de esta manera” etc. etc. Al principio uno se deja tomar totalmente por la idea y dice “en realidad debería” estar en mi casa, luego me dediqué a observar que era sólo una idea, no una realidad y no tenía porqué responder a ella, es más, si me hubiera forzado a ajustarme a ese pensamiento hubiera perdido cosas que eran muy importantes para mi, con lo cual la situación no hubiera tenido nada de ideal.
Debo admitir que es muy difícil liberarse de esos pensamientos que adquirimos muy tempranamente, pero el trabajo es desidentificarse y observar que son sólo ideas y no realidades, entonces pierden la mayor parte de su fuerza, permanecen “en off” y no consiguen obstaculizar nuestro camino. La idea queda a un costado nosotros podemos recuperar nuestro centro.
Cuando los otros me exigen
Como también lo cita Jorge Bucay en su libro “De la Autoestima al Egoísmo”, detrás de todo culposo hay un exigente y esa parte nuestra es el juez interno que nos exige ser de una determinada manera.
Pero no siempre reconocemos que tenemos el juez adentro, gran parte de las veces lo ponemos afuera y vemos exigencias donde no las hay o damos cabida a exigencias de otros que podríamos descartar.
María me relataba como Juan, su marido, era un campeón entreteniendo a sus hijos y no perdía ocasión de hacérselo notar. “En el mar Juan se llevó a los niños al agua a jugar justo cuando yo me tiendo a tomar sol. Al volver dice: Tendrías que haber estado, nos divertimos a lo grande . En esas condiciones pierdo todo el placer de unos de mis momentos favoritos. Siempre se repiten escenas de este tipo y yo me lleno de bronca”.
Mas allá que trabajamos con Juan las razones que lo llevaban a tener esas expresiones de reproche, lo que apareció claramente fue que los reproches del marido calaban hondo porque en ella estaba la idea de que no era tan ocurrente y divertida como su marido, que no puede jugar en la computadora como él lo hace, que es una madre aburrida y cosas por el estilo. A lo largo de la terapia María pudo liberarse de la exigencia de ser la mare que no era y apreciar sus aspectos solícitos y cariñosos que estaban ocultos detrás de la crítica. Finalmente pudo disfrutar de sus baños de sol e inclusive ponerle límites – sin culpa- cuando Juan intentaba convertirla en una madre divertida.
Liberándonos de la culpa.
La culpa es un sentimiento inútil y perjudicial que socava nuestra estima recordándonos en todo momento que está mal ser como somos. De esta manera un gusto amargo impregna a nuestras relaciones y cuando la culpa es intensa puede impregnar a toda nuestra vida. Cómo dice John Welwood, la base del sufrimiento humano es el enjuiciamiento. Cuando un problema nos invade observemos la manera en que nos enjuiciamos y trabajemos para aflojar el juicio aceptando que somos imperfectos y ser como somos no está ni bien ni mal, simplemente es lo que hay y, como dijimos, sólo podemos construir a partir de lo que hay.
Mas allá de lo que se piensa, hacemos lo que podemos. El impulso a ser como somos es mas fuerte que cualquier idea. Podemos aceptarlo o sentirnos culpables y vivir en pelea, pero siempre vamos a ser como somos. Esto no quiere decir que no podemos evolucionar, crecer, sentirnos mejor, pero nunca lo haremos prestando atención a ese juez que nos muestra cuán incapaces somos. Ese juez sólo nos conduce a la impotencia. Cuando nos aceptamos de corazón en toda nuestra imperfección y vulnerabilidad, y no peleamos por cambiar, el amor y la compasión crece en nosotros, entonces el cambio se produce.
RECOMENDACIONES PARA “LIBERÁNDONOS DE LA CULPA”
La lista de lo debido.
- Buscá un momento libre de ocupaciones en un ambiente tranquilo fuera del diario trajinar.
- Conectate con todos los aspectos que te disgustan de vos mismo.
- En correspondencia con esos aspectos hacé una lista de tres columnas encabezando cada columna respectivamente con la siguientes palabras:
Columna 1: Debo
Columna 2: Quiero
Columna 3: Puedo
- Para la Columna 1 procurá conectarte con todo lo que deberías cambiar y las frases que te decís para lograrlo. Aparecerán debajo del “Debo” todas las ideas de “lo que está bien”. Aquí figurarán todos los argumentos del juez interno.
- En correspondencia con el comportamiento de cada “Debo” de la Columna 1, observá qué te sentís impulsado a hacer y anotalo al mismo nivel en la Columna 2.
- Finalmente en la Columna 3 anotá lo que podés y realmente hacés para cada caso.
Por ejemplo: Debería hacer una dieta estricta y bajar diez kilos.
Quiero comer a toda hora.
Puedo hacer una dieta moderada que salteo de vez en cuando
Agrandá tu lista a lo largo del tiempo.
Leéla una y otra vez. Quizás la columna del “Puedo” no te guste del todo, sin embargo es lo único real. La primer columna la conocimos desde siempre y no fue ni es de ninguna utilidad, salvo la autotortura. Siempre terminamos en la tercer columna., Descartemos la columna del “Debo”, aceptemos amorosamente cada “Puedo”. Quitémosle al juez sus argumentos y allí empezará otra historia.
En busca del juez inteno
Otro ejercicio consiste en identificar cotidianamente, cuando me estoy enjuiciando y cambiar el juicio por amorosas preguntas. Por ejemplo: Cuando me descubro diciendo “Qué tonta que fui” podría cambiarlo por “¿Que me habrá llevado a comportarme de esa manera?”. Aquí no sólo nos estamos dejando de juzgar sino que estamos cultivando el interés en nosotros mismos. Siempre descubriremos que los comportamientos más “tontos” tienen su inteligencia, para algo nos sirven o nos sirvieron el pasado.
No siempre los juicios son tan evidentes, hay cientos de juicios que se esconden detrás de frases como: “Tendría que haber hecho tal cosa” “Si hubiera o hubiese...” etc, etc
Tampoco nos enojemos porque nos enjuiciamos, de lo contrario estaríamos renovando el círculo vicioso diciendo “Que tonta, cómo me enjuicio”.
Solo observemos nuestros mecanismos. La sola observación los hace aparecer simplemente como son: Tan sólo ideas.
Erotismo y amor
La fuerza erótica
Quién no ha experimentado alguna vez (o muchas veces) la exaltación interna que produce la fuerza erótica, esa corriente de sensaciones placenteras que circulan por nuestro cuerpo.
La fuerza erótica, en sus manifestaciones, se parece al amor, siente cosas parecidas: falta de egoísmo, ganas de dar… Es una fuerza capaz de levantar al alma del abandono y la autocomplacencia y hacer aparecer el deseo de unión. Es una semilla, es el anhelo del amor.
El erotismos es el primer paso en el camino al amor, aunque sin el amor, el erotismo no se sostiene y se consume a si mismo. Cuando el eros aparece, la fuerza sexual se mezcla con la chispa de la vida y el sexo pierde su cualidad egoísta para volverse una manifestación de unión con el otro. Es una fuerza que nos invita a salir del asilamiento, aunque si no se la utiliza como tránsito hacia el amor, se desvanece. Entonces cambiamos de persona y reiniciamos la búsqueda, porque ese anhelo de unión queda en el alma.
Erotismos y amor
Como dice Eva Pierrakos en su libro “Del miedo al Amor”, el eros nos muestra los destellos del amor, pero entre el amor y el erotismo hay un puente que no siempre se atraviesa y cuando eso no sucede, el erotismo termina consumiéndose a si mismo. Sólo el amor mantiene vivo al erotismo. El eros va y viene a su antojo mientras que el amor es un estado permanente del alma.
Claro está, que no se trata de un estado permanente en el sentido que solemos darle a lo permanente. El amor no es una posesión, algo sobre lo que tenemos un título de propiedad. La “posesión” de la persona amada no trae la “posesión del amor” ya que no es posible poseer el amor.
Esta visión posesiva está peligrosamente oculta cuando se llega al matrimonio. Se podría pensar que ya “tengo” a la persona amada y por lo tanto “tengo” el amor “hasta que la muerte nos separe”. Pero la consolidación de la pareja no es un punto de llegada porque el amor, en un sentido, nunca se alcanza ya que necesita un cultivo permanente. Solo ese cultivo, a veces en terrenos placenteros, otras veces en terrenos accidentados, permite atravesar el puente del erotismo al amor, un puente que queda tendido y sirve de apoyo a la fuerza erótica.
Cuando no lo atravesamos el erotismo se consume y las ansias de amor quedan dentro de nosotros sin manifestarse. Entonces buscamos a otra persona. Si no nos animamos a atravesar el puente, cambiaremos de persona pero quedaremos sin conocer el amor, sólo sus destellos. Quedamos en un erotismo que termina agotándose y cada vez más rápido.
La confusión entre el erotismo y el amor
Jamás se podrá definir el amor, sin embargo no es un bien raro ni inalcanzable ya que está dentro de nosotros, sólo tenemos que descubrirlo o, como decimos, cultivarlo para que aparezca. Quizás reconozcamos algunos de sus signos externos, la ternura, la compasión, la comprensión, en una palabra una sensación profunda de conexión con el otro y con el universo mismo.
Cuando iniciamos una nueva relación con alguien que tiene la cualidad de calar hondo dentro de nosotros, la fuerza erótica aparece y podemos confundirla con el amor, pero el puente del erotismo al amor no siempre se atraviesa. No siempre dejamos de lado nuestro ego y permitimos, poco a poco, abrirnos al otro y a nuestra propia vulnerabilidad para observar si el encuentro de almas ocurre, es decir, si el verdadero amor nace.
Frecuentemente estamos preocupados por atraparlo, pero uno no puede tratar de amar, al contrario, cuanto mas tratamos, más se aleja. Tratamos que esa experiencia erótica no se extinga y buscamos la receta, copiamos las formas, ensayamos métodos para conservarla, pero si no pasamos el puente hacia amor, el eros indefectiblemente se va.
Por eso, en cualquier nueva relación, necesitamos tiempo para reconocer nuestra disposición y la del otro a cruzar ese límite. Si bien no podemos encerrar en una definición ese tránsito, podemos entrever que se trata de la capacidad de abrirse, entregarse, conocerse, dejarse conocer. y sobre todo la posibilidad de trabajar sobre las diferencias que en cada pareja indefectiblemente surgen. Porque estar en pareja implica la capacidad de albergar la dulzura del amor pero también las tormentas que desatan la personalidad de cada uno. Cuando estamos comenzando una relación necesitamos explorar si esa capacidad mutua existe, o no.
Cuando el erotismo se extingue
Muchas veces, una vez formada y consolidada la pareja dejamos de buscar esa conexión, ese cultivo. Abandonamos esa parte nuestra y vamos detrás de metas externas, en un camino que nos va disecando por dentro. Cuando eso sucede, en uno o en ambos integrantes, aparecen las acusaciones mutuas porque el otro que “no nos motiva” y la unión se quiebra. Claro que hay muchas razones para que una pareja no prospere pero el abandono de la búsqueda de conexión con uno mismo y con el otro, la creencia que ya conocemos al otro evapora al erotismo y al amor sin remedio. El alma humana es infinita, necesitamos abrirnos a ella, es decir a la vida, para seguir descubriendo que hay dentro de uno y del otro. Cuando damos por sentado al otro todo se extingue.
El erotismo y el tiempo.
El erotismo tiene múltiples formas, desde el ímpetu juvenil hasta la capacidad de goce de la madurez. Sin que esto impida, claro está, que exista goce en la juventud e ímpetu en la madurez, pero es necesario saber que las manifestaciones del erotismo son infinitas y no debemos confundirlas con la exaltación violenta de los sentidos o el puro hedonismo al que nos inducen muchas recetas actuales. Hoy se siembra confusión en muchas parejas que, al no sentir lo que se pregona socialmente, pierden la capacidad de palpar los sutiles signos del erotismo y del amor.
Eros, amor y miedo en las nuevas relaciones.
Cada vez tenemos más dificultad para captar los signos del amor porque no podemos salir del mal que afecta a nuestra época: el aislamiento. No importa cuan sociables aparentemos ser, por dentro permanecemos recluidos y defendidos, le tenemos miedo a las emociones. El eros, por un momento rompe ese aislamiento y nos deposita en la corriente de nuestras emociones largamente contenidas. Sin embargo, muchos temen “perder la cabeza” y la cabeza, o sea el ego, vuelve a tomar el control.
Vivimos en una época donde la cabeza manda y el corazón sufre y, ciertamente, lo pagamos caro. Así el temor a “perder la cabeza”, o sea, el miedo al amor viene con múltiples disfraces que nos “demuestran” la inconveniencia de comprometernos con la vida. Entonces nos retiramos, el puente permanece bloqueado y el amor no se da. Así el eros se extingue y decimos que esa no era la persona. Quedamos recluidos hasta que la fuerza erótica rompa nuevamente el aislamiento y nos acerque a otro para repetir la historia. De esta manera nunca sabremos si de alguna de esas historias podría haber nacido el amor, entonces el eros, que es una invitación al amor, se vuelve efímero y se convierte en una búsqueda infructuosa, y cada vez menos esperanzada, del amor.
Erotismo y amor. Recomendaciones.
1.- Necesitamos ser conscientes que la fuerza erótica y el amor, en principio se parecen. Naturalmente estamos hablando de un encuentro sincero por ambas partes donde “algo le sucede a cada uno”. Cuando eso ocurre, el erotismo muestra los destellos del amor por eso es fácil confundir, en un primer momento, erotismo y amor.
2.- La manera de averiguar si se atraviesa el puente del erotismo al amor es yendo despacio, dando tiempo a que la relación se desarrolle. Al principio la atracción es muy grande y el enamoramiento borra las diferencias. Con el tiempo esas diferencias aparecen y con ellas se rompe la burbuja en la que estaba encerrada esa “relación ideal”. Es el momento en que se puede comenzar a trabajar en la construcción de una relación verdadera.
3.- Dar lugar al conocimiento mutuo, un conocimiento real, verdadero, profundo y observar que le sucede a cada uno. Hacerse la pregunta, ¿Qué me sucede a medida que voy conociéndolo más? ¿Me voy sintiendo más próxima o más distante? Es común quedar tomados por el enamoramiento inicial sin poder ver al otro real por miedo a que todo se deshaga.
4.- Observar los miedos propios y el del otro. El miedo es enemigo del amor y el mayor obstáculo en el tránsito del erotismo al amor. Ante el amor, la coraza de la personalidad suele presentarse como una traba. Con esa coraza aparecen nuestras maneras habituales de defendernos del miedo a “perder la cabeza”.
5.- Los miedos básicos son, por un lado, el miedo a fundirme, a perderme en el otro, a que me absorban, me asfixien. Por otro lado el miedo al abandono, a que el otro se vaya y aparezca en mí la idea que no soy querible. Estos miedos, muchas veces, aparecen disfrazados de excusas. Así para alejarse uno comienza a verla fea o descubro que el no es perfecto o no me gusta su manera de vestir. Por otro lado si me toma el miedo al abandono buscaré excusas para que el otro esté permanentemente cerca hasta que termino asfixiando y logrando el efecto contrario al deseado
6.- La mejor manera de alejarnos de los miedos es dejar de “estudiar” al otro para encontrar las pruebas que nos quiere. Solemos creer nos quieren cuando el otro cumple con nuestras expectativas, es decir, cuando se comporta a la manera que necesitamos y eso no suele ser la única evidencia que el amor está presente.
7.- Se trata de dejar atrás las expectativas y los prejuicios y suplantarlos por el interés, interés en el otro. Dar lugar para escuchar y crear clima para ser escuchado. Muchas veces no damos lugar, simplemente damos lo que nos gustaría que nos dieran sin darnos cuenta que eso no es lo que el otro necesita.
8.- Así como la mujer puede sentirse cómoda expresando sus sentimientos, el hombre suele sentirse en una posición de debilidad dando a conocer sus emociones. Por eso no es raro que el hombre elija otro “idioma” para expresar su amor, por ejemplo, tratando de ser solícito, útil, protector.
Se trata, entonces, de descubrir entre ambos, la manera particular que cada uno tiene de expresar el amor.
Ruptura y despedida en la pareja.
Dar por finalizada una relación de pareja o un matrimonio y separarse físicamente es solo la cara visible de la separación. Hacer que nuestra alma se despida de lo que fue (y de lo que no fue) es la cara desatendida de este tema. Si la despedida de alma no ocurre, si no pudimos “soltar” al otro quizás podremos volver a estar en pareja pero difícilmente estaremos en condiciones de abrirnos al amor. Traemos aquí el ejemplo de Inés, una paciente cuyo proceso nos ayudará a entender los entretelones de un camino difícil.
Decisión y expectativas
“Esto no da para más. Ya le propuse hablar con los niños y así poner fin a nuestro matrimonio. Necesito rehacer mi vida, olvidarme de él, dejar de sufrir. Desde ahora borrón y cuenta nueva, me duele por los niños, pero a la larga lo entenderán y yo no aguanto más, quiero dar este paso y empezar ya mismo una vida nueva”.
Cuando Inés trajo estas palabras a mi consultorio pensaba que estaba dando el último paso para cerrar un capítulo importante de su vida. En ese momento ignoraba que la verdadera separación es un camino del cual Inés sólo había recorrido el principio.
La separación física es la culminación de una parte un proceso que comienza a gestarse cuando el terreno de la relación de pareja se vuelve árido, la magia se pierde y no hay manera de recrearla. Notamos que la relación se va lastimando y la vida en común nos trae sufrimiento, entonces la idea de la separación aparece al acecho, sobre todo cuando dentro nuestro sentimos que el divorcio ya ha ocurrido mas allá de nuestra voluntad, entonces desembocamos en la dolorosa decisión. Pero necesitamos saber que la separación no es un acto, sino un camino que necesitamos recorrer antes, durante y después de separarnos físicamente, es un proceso que lleva tiempo y solo cuando lo completamos, sólo cuando nuestra alma pudo “soltar” al otro estamos en condiciones de aproximarnos a la paz que necesitamos y reabrirnos al amor.
Como en el caso de Inés, la separación alimenta la idea que es posible comenzar ya mismo una vida nueva, “borro y comienzo nuevamente”. Efectivamente, en ciertos casos, hay quien experimenta inicialmente una sensación de libertad, de movilidad, como si se hubiera liberado de una mochila que le dificultaba la marcha creyendo que el otro se ha borrado mágicamente de su vida: “Ni me acuerdo de él”. Sin embargo con el tiempo algo sucede y la historia pasada comienza a pesar nuevamente. En otros casos hay quien siente fuertemente la ausencia y acuden al consultorio para que “se lo saque de la cabeza” o, para usar las palabras de Inés, “se lo extirpe” para que pueda rehacer su vida.
“Extirpar” al otro.
Abordar la separación con esta mentalidad “quirúrgica” alimenta expectativas que solo traen desilusión. En el alma no existe el olvido, nada se puede borrar ni extirpar: Podría amputarme una pierna, pero aún en ese caso, tendré la presencia de esa ausencia*, así sucede con las relaciones íntimas, por eso un vínculo nunca termina, mucho más cuando hay hijos. Podemos terminar la relación, pero el vínculo sólo podemos cambiarlo, transformarlo y si queremos reabrirnos al amor necesitamos la mayor dedicación para lograr que ese vínculo quede inscripto lo mejor posible dentro nuestro.
Decir estas palabras en el proceso de separación cae como sal sobre una herida. “¡Cómo querés que quede con un buen vínculo con ese delincuente!”, intentaba explicarme Inés.
Es esperable que luego de una separación –en especial si fue tormentosa- queden sentimientos intensos que necesitan expresarse, nos sentimos tomados por el odio o nos situamos como víctimas “involuntarias” de las acciones del otro con el consiguiente resentimiento. Entonces queremos buscar sosiego por el camino equivocado: borrar nuestra ex pareja del mapa, “para mi, de ahora en más, no existe”, decía Inés, sin advertir que el ex marido forma parte indisoluble su historia pasada. Sucede que cuando no conseguimos superar el odio y el resentimiento normales de los primeros momentos, cuando quedamos estancados en ese enojo, aquél que queremos olvidar aparece en nuestra escena actual, nos dice “aquí estoy” en cada sentimiento intenso que experimentamos. Es difícil despedirse por eso a veces elegimos quedar ligados por el odio. Pero esta manera de estar unidos nos causa daño tanto a nosotros como a nuestros hijos, por eso necesitamos superar esta situación. Resulta crucial descubrir esta paradoja: Creemos que el odio y el resentimiento es un factor de separación, cuando en realidad nos mantiene unidos y nos dificulta la despedida. Porque de eso se trata, de posibilitar la despedida. Pero cómo podríamos despedirnos de quien tenemos tan presente.
Aceptando la propia historia
En ninguna relación afectiva cercana podemos borrar al otro. “Mi hermano ha muerto para mí”, por ejemplo, es otra de las expresiones representativas de un intento inútil. No es posible borrar lo que sucedió, nos guste o no lo sucedido está dentro nuestro y solo cabe aceptarlo.
“Vos dirás lo que sea pero yo estoy en camino de borrar esa parte. Para qué quiero conservar algo que es puro dolor”, afirmaba Inés. Sucede que al borrar parte de nuestra historia, borramos una parte nuestra, queda un hueco, un vacío y esa sensación nos ha de perseguir por la vida impidiéndonos el acercamiento a la paz interior y la felicidad. Justamente en los momentos en que nos hemos sentido felices decimos espontáneamente, “me siento pleno”, o sea completo, y eso no ocurre cuando pretendemos borrar una parte.
Necesitamos aceptar nuestra historia aunque la aceptación tenga mala fama y pareciera un gesto de debilidad, sin embargo sólo se trata de reconocer lo inevitable: Aceptamos lo que sucedió, simplemente porque ha sucedido, es un hecho, es pasado. Puede no gustarnos, podemos querer no repetirlo, pero la falta de aceptación de lo ocurrido nos lleva sin darnos cuenta hacia una batalla perdida: luchar contra lo que fue. Si pudiéramos detenernos y reflexionar en calma nos sorprendería cuan a menudo estamos sutilmente trabados en una batalla con el pasado, gastando energía en el inútil trabajo de cambiar lo que fue.
Dicho así pareciera que nadie se embarcaría en algo que parece un acto fuera de toda lógica, sin embargo si pudiéramos acallar nuestras argumentaciones y pensamientos e indagáramos en lo profundo de nuestro corazón nos descubriríamos, más de una vez, embarcados en ese intento.
Esquivando al dolor.
Negar el pasado o procurar torcerlo parece un acto de tontería, sin embargo el hecho que esta acción se repita no es una muestra de ineptitud sino un intento fallido para evitar el dolor. En ese sentido evitar la aceptación es un acto que tiene su inteligencia interna y el odio y el resentimiento son herramientas que nos evitan entrar en la aceptación y el dolor, al principio hay un alivio aparente pero cuando la situación perdura el costo a pagar es infinitamente caro.
Volviendo a nuestro ejemplo. Inés quería borrar al ex marido de su cabeza porque era “odiable” y traía pruebas contundentes, al menos desde su punto de vista: No me pasa el dinero suficiente, no se ocupa de los niños como debería, yo estoy desecha y el la pasa de lo mejor... Los reclamos ocuparon sesiones y sesiones, estaba completamente aferrada a la “justicia” de sus reproches. Sucede que ni bien ocurre la separación nos parece gran cosa saber quien tiene la razón y no queremos saber nada de responsabilidades compartidas, como si asegurarnos que estamos del lado de la “justicia” sirviera para algo. Es sorprendente la energía que gastamos en declarar al otro como culpable de todos nuestros males y lo poco que nos alivia. Aunque logremos que un tribunal universal declare nuestra inocencia y la culpabilidad total del otro, igual estaremos tristes porque la razón en cuestiones del corazón es un instrumento ineficaz. Lo más importante es aquello que se quebró, o quizás lo que nunca pudo ser, este es el dolor que subyace y no lo podemos aliviar con justicia. Al principio creemos haber entrado en el dolor porque estamos sufriendo, tal como me decía Inés: “Estoy aquí desecha en un mar de lágrimas y me decís que no he entrado aún en el dolor” “Te he dicho todo lo que me ha hecho sufrir su forma de ser” .Pero en ese sufrimiento se oculta el resentimiento: “Sos vos que me hacés sufrir, es tu culpa”, estoy centrada en el sufrimiento debido a las acciones del otro.
Entrar en el dolor es, como dijimos, poder entrar en contacto con la tristeza, de la misma manera que cuando muere un ser querido, a nuestro corazón poco le importa de quien fue la culpa solo siente el dolor inmenso de esa ausencia.
Con el tiempo vamos descubriendo que ya no necesitamos escaparnos por la via del enojo, como si nuestro corazón pudiera decir: Que pena que fue así. Así como detrás del odio está el dolor y la tristeza; detrás de la tristeza está el amor que nos devuelve nuestra conexión con la vida.
El papel del enojo.
No se trata de suprimir el enojo, de hecho en los momentos previos y posteriores a la ruptura es muy difícil no enojarnos y por lo tanto necesitamos expresar y canalizar nuestro odio de la forma que menos daño cause. Por otro lado, como dijimos, si pudiéramos trascender (no suprimir) lo que aparecería debajo es el dolor, dolor por lo que no fue, el dolor de la renuncia a las expectativas que teníamos, el inmenso dolor de la pérdida de la familia tal cual era. A veces “duele tanto dolor”, entonces tomamos el camino del enojo como una alternativa menos dura, y el enojo cumple allí cierta función. Sin embargo si nos estacionamos en el reproche hacia el otro o hacia nosotros mismos, nos ubicaremos en una situación que daña a nuestros semejantes, pero por sobre todo nos daña a nosotros, porque el odio daña a quien lo posee. Cualquiera de nosotros sabe por experiencia el estado de displacer y sobresalto en que caemos cuando estamos tomados por el odio. El resentimiento aleja al amor. Cuando estamos resentidos no podemos disfrutar ni siquiera de aquello que más deseamos, por ejemplo, nuestros hijos. Es verdad que los hijos nos calman y nos conectan con el amor y muchas veces son un bálsamo, pero necesitamos estar bien, independientemente de ellos, porque de lo contrario ellos perciben que son el vehículo de nuestro bienestar y resulta demasiada carga para un niño sostener la felicidad de un padre o una madre. Podemos nutrirnos de su amor sin usar su columna vertebral de bastón para sostenernos.
No hay hechos, solo interpretaciones de los hechos.
Superar el odio es una frase, pero ¿Cómo lograrlo? Cómo calmarse cuando estamos inmersos en una cantidad de “hechos” que nos instalan en el lugar del enojo. Sucede que lo que me enoja no es tanto el hecho como la interpretación que hago de él.
Para aclararlo, sigamos con el caso de Inés. Uno de sus primeros relatos fue la supuesta infidelidad de su marido con una compañera de trabajo. Tal como ella lo contaba parecía que el futuro de la pareja dependía de la comprobación de ese hecho. Si era verídico todo se acabaría y si era falso todo seguiría “normalmente”. Recuerdo su asombro cuando le pregunté qué interpretación tenía ella de lo que estaba sucediendo, más allá si era cierto que hubiera de por medio una amante o no. Con la cara roja me increpó: “¿Cómo más allá de que sea cierto?. O sea que para vos el hecho que mi marido me haya traicionado o no, es solo un detalle”. Lo que trataba de explicarle, tal como aparece en “Todo (No)Terminó” es que una infidelidad no tiene una interpretación fija, tal vez sea la muestra de una crisis momentánea de la pareja, una crisis personal, o quizás se trate de la evidencia de irreparables desencuentros profundos, etc, etc. Con esto no quiero minimizar ni hacer la apología de la infidelidad, desde ya es una sorpresa nada agradable para quien le toca sufrirla, sin embargo lo más importante es lo que le sucedió y lo que le está sucediendo por dentro a la pareja, mas allá de la existencia de un amante. Esto es, puede no haber amante y la pareja estar mortalmente dañada.
Así como una infidelidad puede tener distintas lecturas resulta crucial para aflojar el enojo, aceptar que la entera relación de pareja tiene, al menos, dos lecturas: la de cada uno de los integrantes y que no hay una verdad solo miradas. Cuando miro un hecho lo estoy haciendo con los anteojos construidos con los materiales de mi historia y esa es mi verdad y no “la verdad” mientras el otro tiene su verdad. Esto no resulta novedoso, al contrario, nos cansamos de declamarlo por fuera sin embargo por dentro pensamos que nuestra verdad es más verdadera que la del otro. En las acaloradas discusiones que rodean a la ruptura de la pareja tratamos de imponernos ya que es más fácil pensar que el otro es un necio que aceptar que su verdad y la de uno no coinciden y admitir la tristeza del desencuentro.
Preparando la despedida
El odio nos ata irremediablemente a aquel de quien, justamente, queremos separarnos. Necesitamos corrernos de ese sentimiento que es fuente de displacer. Dijimos que un camino posible era contemplar que nosotros tenemos sólo una interpretación de lo ocurrido, mientras que el otro tiene otra mirada y lo más importante no resulta saber cual es la verdadera, quien tiene la razón, sino que el encuentro no se produce, así damos paso a la posibilidad de estar tristes por el desencuentro sin estar enojados, no necesitamos acusar, o dicho de otra forma, podemos aproximarnos al discutido tema del perdón.
“O sea que después de todo lo que me hizo, ahora pretendés que disfrute de mi perdón. Así él queda tranquilísimo y yo muerta de bronca”, protestaba Inés. El perdón también tiene mala fama, se ve como una gracia que se le otorga inmerecidamente al otro cuando deberíamos mirarlo como un gesto de consideración hacia nosotros mismos, porque perdonar es esencialmente cancelar las demandas, las condiciones y las expectativas hacia el otro, es aflojar los requerimientos para que sea o actúe de determinada manera. Es reconocer lo inevitable: El otro es quien es. Cómo si pudiéramos decirnos, parafraseando a Fritz Perls:
Hubiese sido maravilloso que hoy me encantar tu forma de ser,
como sucedió allá y entonces,
Me hubiera gustado que hubieses actuado a la manera que yo necesitaba,
pero vos no estás aquí para ser quien yo quiero que seas,
quizás tampoco yo actué de la manera que vos necesitabas,
Sería de mucho beneficio que pudiéramos aceptar –de corazón- que cada uno es quien es,
porque en el fondo los dos queremos lo mismo: Ser aceptados tal cual somos.
Así puedo no elegir estar a su lado, puedo no olvidar lo sucedido, de hecho, algunas veces es bueno recordar para protegerse (de una pareja violenta, por ejemplo) o para aprender de la experiencia, pero puedo perdonar.
En las relaciones íntimas la mayoría de los conflictos se asientan en expectativa que el otro cambie, como dijimos, que deje de ser quien es y como ese intento está destinado al fracaso vamos fabricando una consecuencia inevitable: el enojo. Por eso cuando cancelamos estos requerimientos -y a eso lo llamo perdón- liberamos la energía que consumíamos en torcer “las equivocaciones” del otro. Es sorprendente la energía física y psicológica que lleva sostener el odio.
Este razonamiento reparador vale aún para nosotros mismos, porque no sólo puede haber enojo, en su lugar puede aparecer la culpa que no es sino enojo contra nosotros mismos. En este caso no se trata de las “equivocaciones” del otro sino de las propias. Es necesario recordar que todos hacemos lo más que podemos dada nuestra historia y nuestras posibilidades. Esto lo declaramos pero en el fondo no lo creemos. Nos decimos fracasados sólo porque la realidad no coincide con las expectativas que tuvimos o tenemos. Solemos recriminarnos: debería haber hecho, debería haber dicho o debería haberme callado.. pero lo cierto es que no pudimos hacer otra cosa y podríamos probar –y como terapeutas solemos hacerlo- que cada uno hizo lo que podía. Si entendiéramos esto con el alma cancelaríamos las demandas porque para colmo son demandas sobre el pasado que solo nos agregan un sufrimiento inútil y podríamos conectarnos con el amor incondicional hacia nosotros y hacia los demás.
Un lugar en el alma
Cuando conseguimos, de corazón, cancelar las demandas, cuando pudimos penetrar en nuestras creencias y actitudes para descubrir las expectativas escondidas (sobre mi y sobre el otro) y renunciar a ellas, damos paso a la posibilidad de encontrarnos frente a frente, desnudos de toda armadura, vulnerables, con todas nuestras fortalezas y debilidades, invadidos quizás por la pena de lo que no pudo ser o de lo que se perdió, pero llenos de bondad y aceptación, sólo entonces podremos darle un lugar en nuestra alma, el lugar que tuvo en nuestra vida, no más, pero tampoco menos.
Así llegamos al final del camino y ahora sí estamos en condiciones de despedirnos y lo haremos con el escrito de Bert Hellinger que citamos en “Todo (No) Terminó”:
Te quise mucho. Todo lo que te di, lo di con ganas.
Tu me diste muchísimo y lo honro.
Por aquello que entre nosotros nos fue mal,
yo asumo mi parte y te dejo la tuya
Y ahora te dejo en paz...
Entonces volverá a nosotros la paz interior y la conexión con la fuente de amor incondicional que tenemos dentro, aquella que nos ayuda a cerrar dolorosamente esta puerta y nos guía para advertir las puertas que la vida nos abre a cada paso.
* “Todo (No) Terminó” Prólogo de Jorge Bucay
¿Tú me aburres o yo me aburro?
Cuando el tiempo pasa la rutina va tejiendo su telaraña por encima de ciertas parejas, cada integrante pasa a ver esta rutina como un problema de la pareja. Pero los problemas de pareja son problemas personales que se expresan en la relación. Cuando estoy contigo y me aburro la respuesta inmediata, la que más tranquilo me deja es, vos me aburrís, ya no sos la misma (o ya no sos el mismo).
Sin embargo, para no confundirnos, lo que primero deberíamos hacer es observar que sucede con nosotros, con la manera que estamos construyendo nuestra vida y comprobar si no estamos siendo los artífices de nuestro aburrimiento o de nuestro agobio.
Solemos estar tomados por las ansias de progreso, de éxito pero, qué está sucediendo realmente en nuestro interior, suele pasar que en todo ese camino vamos perdiendo de vista el alma y cuando eso sucede la vida se vuelve gris y eso incluye a la pareja.
El camino es ver que está pasando con nuestra vida. Si realmente estamos donde nos place,. hacemos lo que queremos, o vamos donde realmente queremos ir. No es fácil contestar a este interrogante. Muchas veces estamos tomados por los proyectos y metas que nuestra sociedad o nuestro propio ego nos impone, entonces nos decimos: “Debería estar contento ya que hago lo que debo, lo que siempre quise hacer”. Pero no solemos ver qué parte de nuestro interior queda atrás por conseguir las “loables metas”.
Si vivimos atiborrados de objetivos, es probable que vayamos perdiéndonos de vista a nosotros mismos, entonces, cuando las metas se cumplen, no nos proporcionan el alimento que esperábamos. Los logros materiales llegan pero el aburrimiento igual aparece. Surge entonces una conclusión inevitable: Si tenemos todo para ser felices y no lo somos, la que no funciona es la pareja.
La búsqueda de un tercero, un amante, es una de las salidas a este tipo de crisis. Lo nuevo de la relación (y lo prohibido) sacuden la rutina pero lo que sucede es que un amante, no sólo nos saca de la rutina de la pareja, sino que nos sacude de la rutina de nuestra vida. Y aquí puede ocurrir una confusión fatal, porque lo que realmente puede estar sucediendo es que lo que nos aburre o nos agobia no es la pareja sino la vida que estamos llevando.
Necesitamos tomarnos el tiempo para observar si la vida que llevamos, en todos sus aspectos, llena nuestra alma. No es un asunto fácil. Cumplir con logros económicos, avanzar laboralmente, o escalar en la posición social da cierta satisfacción, pero se trata de una satisfacción superficial. Es necesario saber que sucede con la verdadera felicidad, es decir, indagar que pasa en lo más profundo de nuestro interior, preguntarnos si respetamos a ultranza nuestras necesidades, si fuimos fieles a nosotros mismos o “vendimos” esa parte a cambio de una comodidad superficial.
Seguramente nos llevó mucho tiempo y esfuerzo armar la estructura que armamos y da mucho miedo salir de la coraza de “protección” que nos proporciona. Recuperar la libertad de decidir sin ningún mandato desafía nuestra “seguridad”, por eso necesitamos apelar a toda nuestra valentía si decidimos vivir como sentimos.
Mientras tanto, a medida que nos alejamos de nuestro centro, por mas logros externos que tengamos, la vida misma, para nosotros, toma una tonalidad opaca y aburrida y dentro de esa vida está nuestra pareja. Cuando eso sucede solemos persistir en la misma receta y buscamos afuera poniéndonos nuevas metas o buscando a “otro” que nos traiga aquello que nos falta.
Solo cuando recuperamos la libertad de decidir, cuando nos acercamos a nuestro sentir, descubrimos nuestros aspectos creativos y podemos animarnos a bailar, escalar, o quizás conmovernos tan solo al contemplar la brillantez de un color. Sólo entonces podremos saber si hay encuentro o no con nuestra pareja, si realmente nos aburre o es nuestro aburrimiento y nuestro agobio el que nos martiriza.
Antes de mirar a nuestra pareja, necesitamos mirar a todos los aspectos de nuestra vida, para que cuando lleguemos al final del camino no tengamos que decir como lo hizo el gran Jorge Luis Borges: “Cometí el peor pecado de mi vida, no ser feliz”.
Soledad de pareja.
TRANSITANDO LA SOLEDAD DE PAREJA
Eligiendo la vida de a dos
Estar solos, por un largo trecho, o por toda la vida, es un estado que no suele ser elegido, a pesar de todas las dificultades que implica cualquier tipo de pareja.
Los grandes maestros espirituales, para citar un caso extremo, suelen estar solos y sin embargo no sienten la soledad al estar profundamente unidos con el resto del mundo. Ni Cristo en la cruz o Buda en la soledad de sus meditaciones hubieron de sentirse aislados. El Dalai Lama ha dicho que somos buscadores de la felicidad y que se siente unido todos esos buscadores.
Obviamente nosotros no somos grandes maestros y por lo tanto nos resulta más difícil sostener el estar solos por mucho tiempo, sin terminar sintiendo el punzante efecto del sentimiento de soledad. Algunas personas pueden sobrellevar la ausencia del amor de pareja al desarrollar una vida en la que pueden sentirse llenos de amor al dedicarse, por ejemplo, a ayudar a los demás, o cultivar cualquier forma de amor que compense, al menos en parte, la ausencia del amor de pareja. Claro está que a no todos nos resulta fácil hacer ese reemplazo. Es por eso que la mayoría, según mi parecer, elegimos transitar por la vida de a dos, a pesar del desafío que representa.
Cuando renegamos de la pareja
Al cortar relaciones dañinas que asfixian nuestro crecimiento nos sentimos liberados y vamos al encuentro de un mundo de posibilidades que habían estado trabadas. Entonces pensamos, “mas vale solo que mal acompañado”. Pero ¿Qué sucede cuando dejamos de estar verdaderamente acompañados por mucho tiempo? ¿Cómo no sentir la necesidad de una caricia o una frase amorosa que llegue de un compañero de vida y no de una compañía ocasional?
Por más que nos escudemos por un tiempo en “razonables razones”, tarde o temprano, deseamos una relación nutriente y llegamos a conclusión que “No es bueno que el hombre esté solo”.
Entrando en el túnel
Lamentablemente, estar en pareja no es solamente una decisión. En algunos tramos de nuestra existencia podemos quedar sin compañero, aunque esa no haya sido nuestra elección. Cuando esa situación se prolonga más allá de nuestra voluntad, suele ser difícil de sobrellevar y comienzan a sentirse los efectos de la soledad. Buscamos entonces el encuentro, pero por causas que no siempre están claras, no logramos hacer realidad la imagen de pareja que queremos.
En la medida que crece el deseo de unión con un compañero, puede oscurecerse el resto de nuestra vida al punto de llegar a convertirse en un túnel donde la única fuente de luz parece ser el conseguir una pareja. Entonces desaparecen de nuestra vista otras puertas y nos instalamos entre dos rieles con un único destino al que empezamos a ver como la solución que encierra todas las soluciones.
No se trata de renunciar a llegar a la estación del verdadero amor de pareja, allí queremos estar, pero cuando la soledad va calando, el mundo palidece, entonces no sólo sentimos el dolor de esa falta sino que comenzamos a dejar de mirar al resto del mundo, nos deslizamos entre esos dos únicos rieles y cuando el viaje se prolonga va apareciendo una sutil amargura. La futura pareja puede empezar a verse como el único antídoto que lo curará todo. Con ese pensamiento el futuro encuentro se dificulta ya que, sin darnos cuenta, le estamos asignando una misión difícil de cumplir.
Otras puertas.
Mientras tanto hay mucho por hacer, por sentir, por conocer, pero va quedando en sombra, detrás de las paredes de nuestro túnel. No estoy proponiendo gozos sustitutos, renuncias heroicas o fingir que no estamos tristes. Sin negar nuestra tristeza podemos abrir muchas puertas e ir al encuentro de momentos de auténtico gozo al buscar relacionarnos de manera creativa y amorosa con el mundo. Cuando dejamos de mirar en una única dirección vemos más, disfrutamos más y, si no lo hacemos como una estrategia, el encuentro con el amor se favorece ya que ¿Quién sabe en que lugar nos espera?
Pero la soledad es mal consejera, nos induce a mirar por el túnel que nosotros mismos formamos y terminamos menospreciando las puertas que la vida nos ofrece en aras de la “única salida” Así el estar solos se convierte en un tránsito muchísimo más angustiante porque cuando el “único camino” se traba quedamos “sin salida”, sin aceptar que pasa lo que pasa y peleamos con la situación.
Para colmo solemos enredarnos con nuestro comentarista interno que dice:
“A vos te parece, es injusto que esto me suceda”; “Siempre termina igual”; “Los hombres son todos iguales”; “Las mujeres son todas iguales”…
Así generamos un diálogo interno en el que terminamos mirándonos el ombligo, envueltos en una infinidad de opiniones “muy acertadas” de lo que sucede y sin darnos cuenta nos deslizamos hacia el desaliento, la confusión y la decepción.
De la angustia a la confianza.
No se trata, como dijimos, de dejar de buscar la ansiada puerta, sólo que no se encuentra al final de un camino recto entre dos rieles. La vida nos muestra muchos paisajes y por más añoranzas que tengamos de “la puerta dorada” si no alcanzamos a ver los caminos que, mientras tanto, se nos ofrecen, el tránsito se vuelve angustiante, es como si interrumpiéramos nuestro vivir. A veces nos desespera no saber cuanto durará este tramo de la vida porque no hay manera de saberlo de antemano. Sólo podemos sostenernos en base a la confianza, pero no en base una confianza superficial, creyendo que el amor llegará porque nos lo anuncie una bruja para tal fecha o porque tal fórmula es infalible. La confianza es algo que se cultiva amorosamente, viviendo cada día a partir de lo que tenemos en el instante, sincronizando con el pulso de la vida y no aislándonos de ella. Estar solos llega a ser doloroso por momentos, pero el contacto con el dolor, si no nos victimizamos, puede ser curativo, puede hacer crecer nuestra apreciación por cada detalle de nuestro vivir, nos predispone para entender el dolor ajeno, cualquiera sea, y a la vez nos conecta con nuestra capacidad de dar y de ayudar.
Hay mucho que hacer mientras llega el amor. No se trata, como dijimos, de negar la tristeza, sino de no quedar pegados a ella, buscar alimentarnos para crecer por dentro y abrir nuestro corazón. Todos tenemos heridas internas que necesitamos conocer y curar para prepararnos para el amor.
Cada cual debe encontrar el camino de preparación que mas le satisfaga, quizás le siente bien integrarse a un grupo de terapia, quizás meditar o hacer yoga, trabajar ayudando a los demás, dedicarse a su trabajo por la satisfacción misma de hacerlo bien… No importa cual sea la manera, basta que sea algo que no nos aísle, al contrario, lo que sirve es aquello que nos conecta con la vida. Es absolutamente necesario aprender qué nos alimenta. ¿Cómo hemos de lograr una pareja nutricia, si nosotros mismos no estamos verdaderamente seguros de qué es aquello que nos nutre, aquello que calma nuestra inquietud y nos da paz.?
Vale la pena preguntarnos ¿Qué es lo que no me deja en paz? ¿Es sólo una cuestión de pareja?
De esta manera el viaje no tiene porqué ser dentro de un oscuro túnel con un propósito único, sino una posibilidad de crecer e inclusive de entrar en contacto con el placer. No es un tránsito parejo, no tenemos que exigirnos estar bien todo el tiempo, hay momentos de calma y disfrute y momentos donde nuestro ánimo decae. Es así. Debemos abstenernos de reprocharnos o enjuiciarnos, uno va por la vida como puede, siguiendo los caminos que ella misma nos propone. No siempre coincide con lo que queremos, pero siempre tenemos la posibilidad de decir “Qué es lo mejor que puedo hacer con esto que pasa”
TRANSITANDO LA SOLEDAD. RECOMENDACIONES.
No existen recetas para salir de la soledad de pareja pero podemos distinguir aquello que nos cierra de aquello que nos abre a la posibilidad que el amor llegue, aquí van algunas pistas:
- Aceptar la situación que nos toca vivir sin dar lugar al “comentarista interno” que constantemente opina acerca de lo injusto o desgraciado de la situación, haciéndonos deslizar hacia la posición paralizante de víctimas indefensas del cruel destino.
- Buscar situaciones en la que nos sentimos unidos al resto del mundo. El contacto con la naturaleza, la ayuda a quienes lo necesitan El poder apreciar la maravilla de la naturaleza o el dolor ajeno abre el corazón a través de una actitud compasiva.
- Organizar actividades, si es posible en compañía, de manera de no quedar aislados por largo tiempo y sujetos a que nuestro “comentarista interno” nos deprima con sus opiniones. Esto no quiere decir que no podamos elegir estar solos, si es que podemos acallar al “comentarista” y gozar de la calma y el silencio
- No negar la tristeza, ni los momentos en que sentimos el dolor de la soledad. Quizás un día podemos estallar. Cualquier situación por la que pasemos la podemos comprender, aunque se hace necesario no agregar comentario alguno. Conservar la certeza que estos estados también son pasajeros y que “mañana será otro día”
- No reprochar la historia pasada repasándola una y otra vez con los “tendría que haber hecho o dicho…” De esa manera, sin darnos cuenta, estamos queriendo cambiar el pasado, lo que, obviamente, es una batalla perdida de antemano. Parte del trabajo a realizar cuando estamos en soledad es aprender a cerrar etapas, así como fueron, mas allá que no hayan sido de nuestro gusto. Todos hacemos en cada momento lo más que podemos.
- No poner plazos: “Hace dos años que me separé y aún no tengo pareja, es demasiado” No podemos saber cuándo ni donde se producirá el encuentro con el amor y pensar en fechas o plazos aumenta la expectativa y en consecuencia la posterior angustia. Sólo podemos subir la cuesta con la confianza que ha de producirse lo que deseamos.
- Descartar las imágenes fijas de lo que deseamos. El verdadero amor puede llegarnos de las maneras más insólitas y aún encarnarse en personas que no se ajustan a nuestro molde. Una pareja no se encuentra con una planilla de cualidades en la mano, necesitamos abrirnos, escuchar, dejar pasar el tiempo. No tratar a cada relación como si necesitara ser la definitiva. En cada relación aprendemos algo y en consecuencia nos prepara para la siguiente, hasta que con una en particular finalmente sentimos: “En esta me quiero quedar”
Enamorados del amor.
Me llama Facundo desesperado, se había enamorado hace veinte días y la pareja lo dejó. Sufría, lloraba, estaba desesperado, hablaba como si se hubiera dado cuenta, en sólo veinte días, que era la mujer de su vida.
Estas historias las escucho constantemente. Sucede que a veces tenemos tanta ansia de amor que vemos en el otro lo que imaginamos y creemos que nos enamoramos verdaderamente cuando en realidad no estamos viendo al otro sino a nuestro deseo que el otro sea la persona que ansiamos. Con el tiempo vemos y descubrimos al otro real y caemos en la cuenta que nos habíamos enamorado de nuestra propia proyección. A veces inventamos el amor y luego sufrimos porque se cae la fantasía.
Yo le decía a Facundo que sufría porque se le cayó su propia ilusión ya que realmente no tuvo tiempo de saber con quien estuvo. El amor de verdad es mucho más difícil.
En el inicio hay generalmente un periodo de pasión, donde se mezcla mucho lo que imaginamos, lo que proyectamos en esa persona. Generalmente nuestro hombre o mujer ideal, la colgamos en ese ser humano que tenemos enfrente. En este primer momento de enamoramiento es más una relación nuestra con nosotros mismos, aunque elegimos a determinada persona para adjudicarle ese ideal.
La cuestión es lo que pasa cuando después de un tiempo la otra persona se empieza a mostrar como es y eso no coincide con nuestras ideas. Allí comienzan los conflictos. El otro no es como habíamos creído, sino es este real que vemos ahora. La cuestión más importante sería darse cuenta si podemos comenzar a amar a este que vemos, o quedamos pegados a nuestro ideal.
Aquí realmente puede empezar al amor, una vez que vemos al otro y nos damos cuenta si lo amamos así como es. Incluso podemos llegar a amar las cosas que no nos gustan simplemente porque son de él y lo aceptamos así como es. En ese entonces para que el amor continúe es necesario que el encuentro se produzca cuando mutuamente nos mostramos sin escondernos detrás de pantallas, enfrentando lo que pasa sin miedo. La distancia ocurre cuando nos negamos a mostrarnos, cuando nos cerramos al contacto, cuando preferimos quedarnos solos antes que jugarnos a la posibilidad de ser heridos.
No podemos voluntariamente decidir que el amor ocurra, porque no es explicable, tiene algo de mágico. Lo que sí podemos hacer es impedirlo y podemos ver las maneras que tenemos de frenarlo. Por ejemplo, necesitamos tanto ser amados incondicionalmente que no queremos ver al otro, no queremos ver diferencia alguna, solo estamos viendo nuestras necesidades. El otro es solo un reflejo nuestro, no es una persona, es el personaje que necesitamos para ser queridos. Con el tiempo sucede que descubrimos que el otro no calza completamente en el papel que le habíamos asignado, aparecen las diferencias y comienza la desilusión y esto nos causa un inmenso pesar. Sin embargo el fin del enamoramiento podríamos tomarlo más constructivamente ya que puede ser la puerta al amor. La des-ilusión, en este sentido, es una gran cosa. Cuando no estamos tomados por una ilusión, es decir por una idea de lo que es el otro, comienza la real posibilidad de que el amor suceda, porque el amor sólo se da entre dos personas de carne y hueso y no entre dos ilusiones. El amor da trabajo, porque no se construye de ilusiones o de sometimientos, solo es posible entre dos seres libres únicos y por lo tanto diferentes. Poder albergar las diferencias es una de las cualidades del amor porque antes, en el enamoramiento no lo veíamos y si ese estado se prolonga porque el otro acepta el papel que le adjudicamos, a la larga la pareja se empobrece ya que nadie se puede enamorar frente a un espejo. Necesitamos las diferencias y la confrontación mucho más que lo que creemos.
Entregarse al amor implica trabajo y riesgo, porque el amor pleno sólo se da entre dos personas plenas, abiertas. Es necesario que cada uno se conecte, se abra a si mismo. Necesitamos estar presentes y listos para mostrarnos sin escondernos detrás de los roles habituales que usamos. Entregarnos, confiar. Pero nos debatimos entre dos fuerzas, una que nos lleva a abrirnos y exponernos y otra que nos cierra por miedo a ser dañados. Ese es el riesgo del amor, cuando nos abrimos al otro comienza la posibilidad que el otro no esté allí para nosotros. Esta es la pelea secreta.
A veces creemos amar pero en realidad estamos cerrados y por eso no somos correspondidos. Hablamos del amor pero sólo vemos nuestra necesidad de ser queridos, sin ver al otro. No nos abrimos al otro, a lo sumo queremos complacerlo como una estrategia para conseguir lo que queremos y nadie quiere ser poseído ni objeto de ninguna estrategia, sin embargo nos sentimos víctimas cuando a eso lo llamamos no ser correspondidos. No había nada a que corresponder. Por todo esto podemos decir que el título de esta nota encierra una pequeña trampa, porque en el enamoramiento no estamos “enamorados del amor” sino de una idea, de una construcción mental de como el otro debería ser y si persistimos en esta idea cambiaremos de pareja y nunca podremos vernos satisfechos, porque cada uno de nosotros es único, por lo tanto el otro siempre es distinto.
El camino para abrirse al otro y al amor pasa por abrirnos a nosotros mismos, ser concientes de nuestras necesidades, darnos cuenta que cómo quizás en el fondo no nos sentimos queribles, suficientes, adecuados y la manera en que sufrimos por ello. Entonces buscamos al otro para mitigar nuestro dolor para que nos diga cuán queribles somos, que nos lo demuestre, a veces, todo el tiempo y a la manera que necesitamos. Y en el amor sentimos atracción, bienestar, sin embargo el otro no está allí para moverse exclusivamente según nuestras necesidades pero existe la posibilidad de encuentro de un hombre y una mujer aunque hayan diferencias, si los une esas ganas indefinibles de estar juntos.
Se trata de no intentar convencer de nuestros puntos de vista sino encontrar algo nuevo que nos podamos decir. Escuchar es la clave para descubrir al otro en toda su humanidad y de esta manera comenzar a querer. Si no nos abrimos al otro, si únicamente intentamos convencer, sólo lograremos quedarnos con lo que ya sabíamos. Una de las claves consiste en descubrir el placer de abrirnos a lo nuevo, a lo que el otro trae, explorar con inocencia las diferencias.
Si me quedo fijo en lo mío, la vida sigue como hasta ahora, si me lanzo a la aventura de entender tu cabeza, incorporo cosas nuevas, pero sobre todo te incorporo a vos.
El amor comienza cuando descubrimos al otro, ya no una idea de lo que debería ser, sino a este nuevo que me sorprende en toda su originalidad. Esta es una parte del amor, el descubrimiento y la capacidad de sorprenderse sin encajar al otro en nuestras ideas.
Salirnos de la idea de cómo debería ser, abrirnos a lo nuevo, abrirnos al amor.
Aceptación y felicidad en la pareja.
Laura, de vacaciones en el extranjero, esperaba ansiosa algún mail de Gustavo, su novio, que había quedado preparando los exámenes para la universidad. Pasaron días, no llegaban noticias y Laura sólo atinaba a desahogar su disgusto con las amigas. Tenía la tentación de ceder al enojo que le había causado tanta espera y escribir reprochándole por su silencio, cuando recordó lo que le costaba a Gustavo conectarse por Internet o enviar e-mails y sobre todo a expresarse por escrito. Era una actividad que le disgustaba. Laura se serenó pensando que no había nada personal en la tardanza. Finalmente llegó el ansiado mensaje rebosante de amor y dulzura. Así pudo entregarse a disfrutar del correo y devolverle lo que verdaderamente sentía en lo más profundo de su corazón.
Las vacaciones pasaron, Laura volvió a casa y luego de abrazos encuentros y relatos también pudo comunicarle, sin reproches, ni exigencias, lo que le había sucedido con la espera de su e-mail.
Si hubiera dado rienda suelta a mi enojo, el mail tan ansiado no hubiera llegado, completaba Laura el relato en mi consultorio. El aceptar que Gustavo es así me trajo el premio que esperaba.
Sin duda Laura había progresado mucho desde su primera sesión. Este pequeño ejemplo muestra algo frecuentemente ignorado: La aceptación es un ingrediente indispensable de la felicidad en la pareja (y en la vida). Si tomamos lo que hay, si aceptamos lo que sucede con dignidad, sin pelear, confiando que algún sentido tiene, podemos disfrutar, aprender, fluir. Cuando nos enojamos con lo que pasa, siempre recibimos menos de lo que esperamos.
Aceptar no significa esconder lo que me disgusta. Nada de lo que le pasó a Laura quedó escondido, sin decir, sólo que no había enojo ni intento de cambiar al otro.
En el otro extremo tenemos a Sandra: “No aguanto más, Martín es un fóbico, no se compromete, me controla, me cela mucho, es un depresivo. Ya le dije que con esa manera de ser no va a llegar muy lejos... Encima de todo esto me pidió un tiempo para reflexionar... ¿Te das cuenta?. ¡No quiero que me manipule!”
Leamos nuevamente las declaraciones de Sandra y tratemos de sentir lo que sentiría Martín al ser enjuiciado de esa manera. No es difícil deducir que cualquiera, en esa posición, se ocuparía de “cavar su trinchera” mas honda para que no le llegue semejante mirada, que es de lo más dolorosa para él porque se apoya en zonas sensibles y reales de su personalidad.
Sandra, con su mirada contribuye activamente a que Martín se encierre y se defienda. ¿Quién puede querer estar en ese lugar?.
“Yo lo pienso, pero no se lo digo tal cual”, se defendía ella. No importa. Si realmente sentís eso, eso le llega, el lo “siente” y quiere huir, entonces, también es tu mirada es la construye al fóbico, al que no quiere compromiso.
Trabajamos arduamente para que Sandra se diera cuenta que esa crítica feroz sólo contribuía a que Martín se cerrara alejándose afectivamente de la relación.
“No puedo aceptar que él sea de esa manera” . Era la idea que había detrás de todo esto.
Pero justamente nada nos causa en la vida mayor felicidad que ser aceptados tal cual somos y cada uno de nosotros merece ser aceptado tal cual es.
No aceptar al otro es un trabajo inútil porque el otro es quien es, lo aceptemos o no. Cuando no aceptamos solo logramos enojo, frialdad y alejamiento ya que lo que hay detrás es desvalorización. Y hay desvalorización porque no sólo no aceptamos la manera de ser del otro sino que normalmente queremos imponer nuestra manera de ser porque “es mejor” (apoyados en nuestras mejores razones). Y ¿Cuánto puede durar una relación que se basa en la desvalorización del otro?.
En cuanto a Sandra que renegaba de la forma de ser de Martín, comenzamos por la pregunta obligada ¿Qué te mantuvo unida a él hasta ahora?: “Confío en él, me siento segura a su lado, me serena cuando estoy a mil, es tierno y siempre saca lo mejor de mi, tenemos muy buena piel en la cama”
Le hice notar que todas las parejas duraderas se basan en apoyarse en los aspectos positivos del otro aceptándolo de buen grado íntegramente, acomodándonos a aquellos aspectos que menos nos gustan.
Aceptar incondicionalmente implica dejar de pensar que nuestra manera de ser o de ver es mejor que la del otro. Es un trabajo difícil porque no se trata de aceptar superficialmente y por lo bajo seguir pensando “lo mío es mejor”. Eso es resignación y solo hace crecer por dentro el resentimiento.
Muchas veces se confunde aceptación con resignación. Aceptar lo que hay no significa que nos guste o que estemos de acuerdo, se trata de reconocer la diferencia sin tratar de “limarla” imponiendo nuestro criterio. Es más, cuando en una relación sucede que las diferencias predominan sobre los puntos de acuerdo, hay veces que se vuelve inviable La aceptación implica no pelear con lo que hay, incluyendo nuestros propios límites, incluyendo la posibilidad de aceptar la inviabilidad de una relación.
Sin embargo no debemos apresurarnos pues las diferencias suelen depender de la forma que miramos y tomamos lo que sucede y a veces no resulta tan difícil acomodarse, cuando descubrimos que los aspectos que más rechazamos del otro tienen que ver con cuestiones de nuestra propia historia.
Por ejemplo, descubrimos que la atención que requería Martín cuando estaba algo deprimido la enfurecía a Laura porque no permitía que “los reflectores le apuntaran a ella” (como en toda su infancia). De la misma manera no aceptaba que el dudara ni un momento de la relación. “Si aflojo y le doy un tiempo, puede que no vuelva y voy a sufrir más”.
Poco a poco fue surgiendo que ella también tenía sus puntos vulnerables, sólo que Martín los aceptaba de buen grado y así como él tenía “su forma de ser” ella obviamente también tenía la suya.
Parece algo obvio, elemental pero la no aceptación de la forma de ser del otro es fuente de eterna de conflictos en la pareja. Por supuesto en la mayoría de los casos damos por sentado que nuestra forma de ser es mejor que la del otro.
Sin embargo cuando ahondamos en la historia de Sandra fueron apareciendo todos sus puntos vulnerables, sus dificultades y dolores, ni mejores ni peores que los de Martín, sino distintos. Esa fue la puerta para comprender y aceptar la forma de ser y las dificultades de Martín. Tan provechoso fue nuestro trabajo que él recibió (con sorpresa y agrado) la finalización de los reproches de ella. Cuando Sandra aceptó que él se tomara un tiempo, sin reclamos ni ironías, sólo mostrando su vulnerabilidad y su miedo a que no volviera, Martín casi no tenía ganas de alejarse. Pasó un breve tiempo hasta la llamada con el pedido de reencuentro por parte de él. Cuando Sandra le dio la bienvenida, pudo contarle, sin reclamos, su miedo y la alegría por el reencuentro a un Martín conmovido y agradecido. Nunca se había dado cuenta cuanto necesitaba ser aceptado tal cual era, estaba feliz, entonces la magia se produjo y Sandra tuvo al Martín que quería.
Esta es la paradoja del cambio: Cuando tu lo aceptas tal cual es, cuando no le pides que cambie, el placer y la felicidad aparecen y el cambio se produce. Con una condición:
La aceptación no debe ser una estrategia (te acepto para que cambies) tiene que ser un movimiento verdadero del corazón, de lo contrario, la magia no ocurre.
Nuevas mujeres para un nuevo mundo.
El nuevo papel de la mujer
Si le hubiera preguntado a mi abuela por su relación de pareja, no me hubiera entendido la pregunta. El casamiento era cosa de la familia y, justamente, mi abuelo habló con la familia para concertarlo. Esa era la práctica de la época, ya que la familia y la sociedad sostenían la visión del matrimonio y lo controlaban desde el noviazgo.
En caso de insistir con la pregunta, mi abuela hubiera contestado: “Es un buen hombre, trabajador, no falta de casa, no es mujeriego” y allí hubiera terminado la definición de un marido deseable. Para ella su vida era criar a sus hijos, atender (servir) a su marido, mantener la casa ordenada, hacer la comida...
Hoy las mujeres tenemos un nuevo desafío, no solo importa atender a nuestros hijos, nuestro hombre, la casa, sino que nos importa también nuestro desarrollo profesional, a al vez que damos espacio a nuestra sexualidad y a sentirnos bien con nosotras mismas.
La manera de ser mujer hoy nos lleva a armonizar todos estos aspectos, a dar espacio a todas nuestras necesidades, por eso tenemos que crear un nuevo modelo. A veces pienso que se parece a esos malabaristas que deben mantener varios platos girando al mismo tiempo sin que ninguno caiga. Esa es la imagen que me sugiere un día de una mujer actual: Sale a trabajar, no sin antes haber levantado a los hijos, preparado sus viandas, dejado organizada la cena, y con tiempo para arreglarse y estar linda. Luego mientras está entregada a su trabajo, hace una pausa para recordar que está pendiente la cita con el dentista de uno de sus hijos, continúa trabajando cuando la llama el esposo para pedirle que la acompañe a una cena de trabajo. Arregla con una amiga para que retire a su hija del cumpleaños y así se hace un hueco para ir a la peluquería y así estar en forma para la cena. Este es el desafío de ser mujer hoy, ser eficiente en el trabajo, que los hijos tengan toda la mamá que necesitan, que la casa funcione, que no falte comida en el refrigerador y estar lista para recibir al marido cuando llegue de la casa sin olvidar de llamar a madre y suegra para que no se sientan postergadas.
Me preguntan por el rol de la mujer hoy. El rol es el arte de hacer que todo funcione, un desafío nada fácil.
La mujer tiene hoy la oportunidad de completarse, salir al mundo y desarrollar lo que llamamos la energía masculina, que se caracteriza por el movimiento, la acción de salir hacia el mundo para modificarlo, la capacidad de penetración; es el opuesto de la energía femenina que se caracteriza por la capacidad de espera, la quietud, la receptividad y contención. La energía masculina es el movimiento y la energía femenina es la quietud.” Todos somos, en ese aspecto hombres y mujeres a la vez. Tanto hombres como mujeres debemos integrar ambos aspectos aunque el énfasis en cada uno sea diferente.
Saliendo del confinamiento
La mujer, anteriormente limitada a la casa, podía desarrollar solo su aspecto femenino y tenía pocas posibilidades de poner en juego su energía masculina. Hoy está logrando lo que ha deseado: salir de su confinamiento, está abierta al mundo, comienza a ocupar lugares prominentes en la sociedad. Ha tomado muy en serio el desarrollo de su energía masculina y bienvenido sea el cambio. Sin embargo esta nueva manera de ser mujer encierra un peligro, esto es, que el desarrollo de la energía masculina se haga a expensas de la femenina desplazando la contención, la espera, la quietud, por la acción. Todas estas cualidades son necesarias, especialmente en las relaciones íntimas. Cuando desaparece el aspecto femenino, la capacidad de espera y la contención son tapadas por la acción y la pareja es el primer terreno que se resiente.
El primer gran desafío que enfrenta la mujer de hoy, es crecer equilibradamente sin imitar a los roles masculinos. Se trata de encontrarle un lugar para su energía masculina conservando las cualidades de su contraparte. El varón más evolucionado cooperará para que esto suceda, sin embargo seguirá buscando aquel hombro que lo contenía, en esa quietud y abrigo que toda pareja necesita.
El segundo gran desafío lo plantea la persistencia en la cabeza de todos nosotros del antiguo modelo de mujer. Esto hace que las mujeres sean exigidas por todos, incluso por ellas mismas a cumplir eficientemente con su nuevo rol conservando el antiguo. Esta es una exigencia idílica que solo se cumple en los comerciales de TV. No se trata de renegar del papel de madre, esposa y amante, sólo se trata que estos papeles necesitan una nueva forma. No es posible que la mujer se vaya a trabajar a la misma hora que el hombre y luego este se queje porque cuando llega no encuentra la casa con “olor a torta”.
Cabe destacar que muchos hombres han comprendido este fenómeno y “ayudan” a la mujer, sin embargo la mujer es la encargada que todo funcione en la casa, aún cuando trabaje las mismas horas que el hombre. La ayuda debe ser agradecida como una deferencia del hombre y no como parte de la tarea en común. En la mayoría de los casos la casa y la crianza de los hijos no es una tarea totalmente compartida y esa es una carga que pesa sobre la mujer las veinticuatro horas.
La mejor herramienta que podemos tener es la conciencia del momento que nos toca vivir, del cambio que se está desarrollando para no reducirlo a una pulseada entre el hombre y la mujer.
Es una gran tarea, sobre todo para nosotras las mujeres, cuando se nos superpone nuestros papeles como profesionales, madres, amantes, esposas. No hay un patrón establecido. Lo que está claro es que no podremos ofrecerle a nuestros hijos el modelo que nos ofrecieron a nosotras nuestras madres o abuelas. El rol que se nos exige es otro, el mundo es otro y el modelo que tendremos para ofrecerle será otro. Y no está mal que así sea porque nuestros hijos no vivirán en el mundo de nuestras abuelas. Sin embargo hay mucho para conservar del legado de ese pasado, la contención, la ternura, la disponibilidad, la calma, son necesidades que todos conservamos hoy, y en este reinado de la acción todo sucede muy rápidamente, tan rápidamente que no tenemos tiempo de estar presentes. Nos ausentamos de cada momento pensando en el próximo. Y no es posible contener, estar disponibles, conservar la calma, si no estamos presentes. No importa cuán rápidamente ocurran las cosas, lo importante es tratar a cada instante como si durara una eternidad y estar presente en él.
El arte de la danza
Es realmente todo un desafío. Necesitamos darnos cuenta que es una problemática no resuelta aún y que nos tironea permanentemente. Ninguna de nosotras quiere dejar de ser profesional, esposa y mucho menos madre y amante. Y para no renunciar completamente necesitamos ir convirtiendo a este tironeo en una danza donde habrá alejamientos y acercamientos con nuestro propio ritmo. Si observamos lo que sucede encontraremos en nuestra propia vida estos movimientos, al principio estudiamos y nos acercamos a nuestra profesión, quizás por el mismo momento nos acercamos al papel de amante y esposa, luego tomamos cierta distancia de nuestra profesión y nos acercamos a nuestro rol de madres, para mas tarde volver a variar las posiciones de este baile a la que la vida misma nos somete. Es una danza que compromete también a los hombres porque se trata, ni mas ni menos, que hacer de la pareja y la familia una de las fuentes de felicidad.
Sobre lo masculino y lo femenino.
Por Silvia Salinas
Norberto Levy caracterizó la energía masculina como el movimiento, salira hacia el mundo para modificarlo,la capacidad de penetracion. Y a la energia femenina como la capacidad de espera, de quietud, receptividad. Como la energia masculina es el movimiento y la femenina la quietud, lo femenino teme ser abandonado por lo masculino que siempre esta llendose, por su caracteristica de movimiento permanente.
Me quede pensando en Teresa, como su energia femenina esta escondida, tiene miedo de salir por miedo al abandono de lo masculino. Una de las caracteristicas de lo masculino es el movimiento, por eso el lado femenino le teme al abandono del masculino. Y el lado femenino se esconde. Su lado masculino esta superdesarrollado y ocupa el lugar de lo femenino. El femenino teme al abandono y no se muestra, se retira, y el masculino ocupa su lugar.
Esto ocurre frecuentemente. Si tengo un femenino con mucho miedo al abandono, lo escondo y en su lugar desarrollo mi energia masculina con la que me siento mas segura. Pero dejo de lado una parte importante de mi ser, que es justamente la que puede amar y conectarse con los otros. Muestro solo una parte y la otra queda poco desarrollada y a veces irrumpe en los momento menos adecuados.
Me quede meditando sobre su dificultad para esperar. Me contaba que si salía con un hombre ella buscaba conversación, se hace cargo de la situación y no deja que el otro tome las riendas de la situación. No tolera el vacío, esperar a que la cosa ocurra. Siempre tiende a avanzar y no puede esperar a que el otro haga. Le cuesta esperar el ritmo del otro y es demasiado rápida y puede apabullar a cualquiera.
Le es difícil esperar sin hacer nada. Le es mas fácil la acción, se refugia en la acción, su debilidad es poder esperar. Creo que su crecimiento pasa por dar espacio a su femenino, aprender a esperar, a estar quieta, a que las cosas se den, sin manejar todas las situaciones. Le es muy difícil.
El pánico al abandono, frena y paraliza, anula la capacidad de esperar, obliga a salir a la acción para no esperar. El otro día trabajando con Julia observe esta polaridad. Trabajábamos con un lado seguro, omnipotente que no sentía, y con otro lado mas chico angustiado y que se sentía aplastado por el primero. Y veíamos como el lado mas chico que representaba su parte sensible, tenia miedo de expresarse, de mostrarse, se frenaba. Y profundizando la situación, lo que salió es que esta parte sensible, tenia miedo al abandono.
Y allí yo pense en esto que explicaba Norberto, como un lado que tenia que ver con la sensibilidad, con sus aspectos femeninos, le temía al otro que representaba un lado mas desarrollado, en contacto con el mundo. Quizás como su lado mas sensible tiene miedo a ser abandonado se esconde, y en su lugar se desarrolla un lado mas seguro, que tiene que ver con la acción, y la parte mas sensible, cada vez se angustia mas porque tiene menos espacio, el otro ocupa su lugar. La angustia es el dolor de querer salir, expresarse y no poder, no animarse.
Esto pasa con muchas mujeres que se apoyan en la seguridad que les da la acción, y se separan de su esencia femenina para no sufrir el miedo al abandono. En realidad ellas se abandonan a si mismas cuando se dejan de lado.Cuando dejan de lado aspectos de si mismas y muestran , o se conectan con sus aspectos lógicos, firmes, mas desarrollados. Se refugian en su pensamiento y dejan de lado sus emociones mas intimas.
Una semana con John Welwood.La Presencia Incondicional
Por Silvia Salinas
La co-autora del best-seller "Amarse de ojos abiertos" revela las claves de un abordaje que une -como pocos- las busquedas espirituales a la resolución de conflictos psicológicos.
Hace alrededor de 10 años, buscando en las librerias de Nueva York, encontre un libro de John Welwood y tuve esa sensacion que pocas veces se produce: haber encontrado un autor capaz de ponerle palabras a emociones y pensamientos que ya circulaban dentro de mi. Apartir de ese momento, empece a buscar la manera de estudiar con el y tiempo despues descubri que estaba dando una formacion para terapeutas en el Omega Institute. Desde entonces viajo por una semana al año para la formacion que el brinda. Nunca olvidaré la primera vez que me encontre allá, entre 50 personas que practicaban distintos abordajes, la mitad de las cuales ya venía tomando este entrenamiento desde hacia varios años. Estaba el presidente de la Asociación Psicoanalítica de Nueva York, terapeutas transpersonales, gente que practica la terapia narrativa... Yo me sentia extrañisima en ese lugar al que acuden muy pocos extranjeros, y donde ninguno de los presentes hablaba español. A pesar de que estabamos reunidos en un lugar bellísimo, un octógono de vidrio en medio del bosque, al principio fue duro estar allí. La mayoría contaba con sus almohadones de meditación y sus mantitas para abrigarse, mientras que yo no habia llevado nada adecuado como para permanecer sentada meditando, a lo largo de largas sesiones. De todas formas, me acomodé como pude y atendí a lo que John nos explicó acerca de la meditación Shambala, que es la que practicaríamos a lo largo de toda la semana. Esta meditación consiste en estar sentado con la columna recta, observando la exhalación y manteniendo los ojos abiertos.
Con los ojos abiertos?, pensé. No era esa la forma en que yo acostumbraba meditar. Como si hubiera escuchado mi mudo interrogante, John explico que se trataba de "ir para adentro" pero sin perder el contacto con el afuera; Esta es, ademas, la base de la terapia que el propone. Y añadia que a partir de esta propuesta es que no concuerda con tantos grupos de meditacion que tienden a "saltarse" la realidad y buscanentrar en otros estados de conciencia sin haber atravesado los problemas del ego. Subrayo la importancia de no obviar los conflictospsicologicos y los problemas cotidianos: "son la via regia para accedera nuestro verdadero ser".
Los dos primeros días fueron de pura meditacipensón. Nos sentabamos de 9 a 12 a meditar, parabamos para almorzar y luego nos sentabamos de 14 a 17, interrrumpiamos para cenar y luego nos sentabamos nuevamente, de 19 a 20. Al tercer día, antes de empezar la meditación, John pregunto como nos sentíamos. Esa fue mi oportunidad para estallar. Me quejé diciendo que no había viajado 11 horas en aviín, dejado a mi familia y mi trabajo... para estar sentada en un almohadón respirando. "Esto yo lo hago en Buenos Aires...", exclamé, añadiendo que mi motivación era aprender a trabajar con su técnica de la Presencia Incondicional; sin embargo, ya habian pasado 2 dias y no había aprendido nada. Estaba realmente furiosa, lamentando haber gastado en un viaje que no me servía "para nada" y que hasta ese momento sólo me había brindado dolores en el cuerpo. Fue entonces cuando John me pidio que pasara al frente, me invitó a sentarme en una silla enfrente de el y simplemente me dijo que me conectara con lo que me estaba pasando. Cuando comencé a hablar de mi furia, dijo: "no la actues, solo observala, dale espacio adentro tuyo" Esto era algo muy nuevo para mí, ya que provengo del campo de la gestalt, donde tendemos a expresar los sentimientos, y resulta que ahora se me pedía que simplemente los observara, sin "sacar para afuera". Lo que sucedió entonces es díficil de poner en palabras; simplemente empezé a cambiar mi respiración y me encontré ubicada en un nuevo lugar interno. Desde entonces, cada vez que me conectaba con alguna emoción durante el trabajo, la intervención de John era la misma: "dale un espacio dentro de tí; sin actuar, sin expresar". El estaba absolutamente presente, y eso me daba confianza para navegar en mi interior hasta lograr algun contacto nuevo conmigo misma. Asi fue como entendí, mas que nunca, lo que es la presencia del terapeuta; y a eso habia venido yo, a aprender como tener esta actitud con los pacientes. Fui dandome cuenta como John no se "engancha" con ningun argumento; solo le pide a la persona que se quede donde está, dejando que lo que es, sea. Despues de esta experiencia, meditar fue otra cosa: ya no me dolía el cuerpo, ni necesitaba revolverme, inquieta, durante las meditaciones. Y con este nuevo espíritu transcurrió el resto de la semana.
Día a día volvía a comprobar que para mí resultaba una bendición poder aprender con alguien que había profundizado en la busqueda de respuestas para interrogantes que yo me formulaba hacía tiempo. Siempre pensé, por ejemplo, que cualquier probema psicológico es, en última instancia, un conflicto entre la personalidad con la que nos identificamos y nuestra esencia, pero este no es un planteo que muchos comparten en el ámbito de las psicoterapias. Y de eso, precisamente, habla Welwood.
* Ese lugar donde no queremos estar (el sentirnos mal, inadecuados, ridículos, no queridos, no mirados, avergonzados) es el lugar donde nunca aprendimos a estar, porque nadie nos enseñó. Creemos que la única salida es reaccionar (culpar, huir de nosotros mismos). Y porque venimos haciendo lo mismo durante muchos años, hay "lugares" nuestros que han quedado abandonados. Sobre todo, el gran lugar que alberga la desconexión de nuestro ser: allí solo hay un agujero. Y nos contamos historias sobre lo peligroso que es volver a ese lugar; nos imaginamos que hay una gran oscuridad allí, un agujero negro en el que podríamos desaparecer. * La gran paradoja es: lo que hay en ese lugar es falta de presencia; por eso tenemos que aprender a estar presentes allí. Vamos a curarnos a nosotros mismos en ese lugar. Si podemos estar presentes en ese dolor, en esa tristeza, en esa verguenza..., en ese lugar donde no habiamos permanecido, allí precisamente podremos comenzar a encontrar nuestra base, nuestro asiento, nuestro ser. * El obstáculos son las historias que nos contamos:"si me meto en mi pena , nunca voy a salir de allí", "si me entrego a este dolor, voy a quedar atrapado allí". La realidad es que probablemente en nuestra infancia no tuvimos a nadie que contuviera esos pesares, pero ahora nosotros podemos hacerlo con nosotros mismos, si le perdemos el miedo a nuestras emociones. En la práctica de la presencia incondicional es posible contener cualquier emoción que experimentamos, de una manera tal como nunca fueron contenidas cuando eramos niños. Esto es lo que necesitamos descubrir experiencialmente. * Para la presencia incondicional, tiene que haber una intención deconectarnos con un determinado sentimiento con el que nos sentimos incomodos. Y no escaparnos de el como solemos hacer. Tiene que haber una predisposición a ahondar y ver lo que hay, por ejemplo, por debajo de la tristeza. Y si realmente no queremos meternos alli, el paso siguiente es profundizar en nuestro no querer ver que hay allí. Podemos, y necesitamos, dar espacio interno a "cualquier cosa" que estemos experimentando, sin tratar de "arreglarla" o cambiarla. La aceptación viene del ser, no es algo que podamos hacer nosotros. Lo que si podemos hacer es abrirnos de lleno a lo que esta allí, para no mantener una barrera entre nosotros y la experiencia. * Que es el estado de presencia? No es nada"sagrado" en comparación al pasado o al futuro. Tampoco consiste unicamente en estar en el aquí y ahora (lo cual constituye solo un paso en el camino para lograr la presencia). Lo que le da una cualidad distinta al presente es que aquello que es real en mi, solo se manifiesta en el presente. Y esto real es nada menos que mi ser.
Miedo al compromiso en la pareja.
Compromiso y vulnerabilidad
Son muchas las formas en que aparece el tema del miedo al compromiso en la pareja. En las charlas debate que acostumbramos a hacer mensualmente notamos que frecuentemente aparece la queja de las mujeres solteras o separadas acusando a los hombres de su falta de compromiso y resaltandoque los hombres no están tan apurados como las mujeres para comprometerse. Esta observación general no implica que las cosas no puedan ser al revés, sin embargo este es el caso más citado en nuestra pequeña muestra, juntamente con las técnicas para “atrapar” al otro, que a su vez percibe cualquier técnica o cualquier apuro ylogrando solo mayor alejamiento.
Naturalmente el objetivo de este artículo, no es criticar a hombres o mujeres, sino descubrir que detrás de estas reacciones hay un intento de prevenir el dolor. Estos temas suelen ser tomados livianamente y las respuestas superficiales o la condena inmediata impiden ver que detrás de estas conductas hay miedo a sufrir.
El miedo al compromiso tiene como fondo el miedo a la entrega, el miedo al amor y sus implicancias. Es muy difícil entregarse verdaderamente, puede haber una pareja, puede haber un matrimonio de años y sin embargo puede no haber entrega. Cuando nos entregamos estamos en carne viva, sentimos intensamente y nos acercamos al más preciado tesoro: Ser queridos incondicionalmente. Cuando el amor se da en su plenitud y sentimos que todos nuestros aspectos son incondicionalmente aceptados entramos en un estado de paz que nos ayuda a que nosotros mismos aceptemos todas nuestras partes y podamos experimentar el bienestar de sentirnos finalmente completos.
Sin embargo no hay mapas para la aventura del amor, no sabemos por donde irá, no podemos encerrarlo o controlarlo, no podemos garantizar que el otro estará allí siempre. El otro es el otro y corremos el riesgo de ser heridos. El llegar al bienestar de la intensa conexión que da la verdadera entrega inaugura la posibilidad de lapérdida de ese bienestar y así aparece el miedo.
Este temor se representa en dos miedos básicos que aparecen en las relaciones íntimas, el miedo al abandono y el miedo a la invasión. Son temores que traemos desde nuestras primeras relaciones significativas y que la vida de pareja actualiza y aviva. Allá lejos, cuando éramos niños aparecieron nuestras primeras frustraciones, es así que sufrimos las primeras sensaciones de no ser queridos a la manera que necesitamos, o de no sentirnos valorados lo suficiente. De la misma manera, según el comportamiento de nuestros padres, quizás hayamos sufrido el temor a ser invadidos emocionalmente. En cualquier caso buscamos los recursos para defendernos. Así creamos una “personalidad”. La personalidad, desde nuestra perspectiva, puede ser vista como un intento de defendernos del dolor del abandono o de la temor a la invasión, es una construcción que crea estrategias para ser queridos y respetados. Pero esa personalidad es una coraza defensiva que nos aleja de lo que sentimos, de nuestras necesidades, en definitiva, de nuestro ser.
La personalidad es frágil, es la que siente miedo a la entrega y si bien nos ayuda a funcionar en ciertos terrenos, en las relaciones íntimas puede convertirse en un freno que nos impide el contacto verdadero con el otro cuando, sin darnos cuenta, crea conductas que evitan la entrega ya que “si no me entrego no estaré sujeto a pérdida o a invasión alguna”. La personalidad “nos defiende” de esa posibilidad con una estructura estable y predecible. En ciertos aspectos parece una ventaja tener una “personalidad estable” pero esa fortaleza y seguridad se va transformando en rigidez y temor a ser desestabilizado.
Y el amor nos desestabiliza, el amor da miedo porque no escucha nuestros razonamientos, sigue su propio camino, no lo podemos controlar, “perdemos la cabeza”. Podemos escuchar al amor, podemos seguirlo, pero no podemos dominarlo. Cuando nos abrimos a él nos abrimos a la posibilidad de perderlo.
Es así que el compromiso, la entrega al amor, nos enfrenta a nuestra vulnerabilidad
Hay mucho miedo a la vulnerabilidad, peleamos constantemente con ella, y vivimos añorando la invulnerabilidad. Hay una cultura donde se refuerza la noción de invulnerabilidad, sin embargo no hay camino de salida si no la aceptamos. Si tenemos la fortaleza de reconocernos vulnerables dejamos de estar asustados y preocupados por lo que pueda pasar y nos entregamos blandamente a lo que la vida nos trae, porque en definitiva la vida pasa por donde ella quiere y no por donde nosotros la quisiéramos hacer pasar. En nuestra sociedad se confunde vulnerabilidad con debilidad, cuando en realidad se necesita mucha fuerza para reconocer que somos vulnerables.
La danza entre el abandono y la invasión.
Es interesante observar la dinámica de la pareja cuando uno de ellos sufre el miedo a al invasión y el otro sufre el miedo al abandono. La situación mas conocida (aunque bien puede darse al revés) es aquella donde la mujer sufre el miedo al abandono y el hombre el miedo a la invasión. En este caso la mujer, que abriga el temor a ser abandonada, se cubre de esa posibilidad mediante la acción, despliega estrategias de acercamiento y cercamiento que supuestamente evitan el abandono. Ese movimiento de acercamiento hace que elhombre se sienta invadido golpeando justamente en su miedo básico y se genera un alejamiento preventivo que realimenta la sensación de abandono cerrando el círculo vicioso. Es importante observar que detrás de todos estos movimientos hay miedo al dolor.
El miedo al abandono es tan profundo, genera tanta ansiedad que a veces puede elegirse la soledad antes que someterse a él. Cuando los sufrimos no queremos separarnos del otro y solemos reclamar por su lejanía y su falta de entrega demostrando lo entregados que estamos nosotros, sin embargo, muchas veces no hay una verdadera entrega por parte de quien teme ser abandonado. Los movimientos de acercamiento hacia el otrono siempre son sinónimos de entrega. Cuando se intenta poseer, prevenir o directamente invadir no hay entrega verdadera al otro, hay entrega cuando se acepta lo que hay. Naturalmente podemos elegir irnos si no nos gusta o si no nos alcanza lo que hay, pero existe verdadera aceptacióncuando el corazón le dice sí al otro tal cual es. Cuando eso sucede aparece esa confianza básica que permite desarrollar la capacidad de espera confiando que el otro se acercará y esta apertura y confianza es siempre contagiosa. De todos modos si tenemos que enfrentar las señales que indican que eso no ha de suceder necesitamos confiar que podremos transitar el inevitable dolor. No podemos encerrar o atrapar al amor. Si no nos encontramos con él esta vez sólo cabe confiar en que, si estamos abiertos, él llegara a nosotros.
El miedo a la invasión, por su lado, es el miedo a dejar de ser uno mismo, hay una necesidad tan grande de satisfacer al otro que se posterga el propio deseo. Esta es una situación típica en los hombres que necesitan proveer, satisfacer y hacerse cargo del bienestar del otro. La figura del hombre proveedor, capaz de proveer desde los bienes materiales hasta la felicidad, está muy arraigada en nuestra sociedad. Y la preocupación por satisfacer el deseo del otro puede invadir de tal manera que dejemos de ser nosotros mismos.
Recuerdo a Juan, un paciente mío,que en una sesión de pareja me dijo que si hacía lo que quería se sentía una mala persona y si hacía lo que quería su esposa se enojaba ya que se sentía manipulado, que es un miedo derivado de la situación que planteamos y muy típico de los hombres. Esa mirada lo dejaba en un callejón sin salida donde no podía hacer lo que quería él ni lo que deseaba la esposa.
Saliendo del círculo que nos encierra
En el caso del miedo a la invasión el camino que propongo es tolerar el disgusto del otro, poner límites y perder el miedo a decir que no. A veces esto implica trabajar con la omnipotencia ya que uno piensa (y los hombres en especial) que puede resolver todos los problemas del otro. Sucede que uno no tiene el poder necesario para resolverle la vida al otro, no somos los dueños de su felicidad, especialmente cuando hablamos de antiguas heridas internas. Con Juan finalmente fuimos trabajando en la posibilidad de decir que no sin sentirse por eso mala persona. No es un trabajo fácil porque ponerle límites al otro implica reconocer los propios límites (“esto no puedo”), implica reconocer que nosotros también tenemos necesidades y que en consecuencia necesitamos del otro. A veces da miedo necesitar del otro, porque no tenemos la certeza absoluta que el otro estará allí.
En cuanto al miedo al abandono se hace necesario desarrollar la confianza y la capacidad de espera, confiando que el otro estará allí. También podemos pedirle ayuda a ese otro si somos capaces de pedirla sin reproches con el corazón abierto. A veces la sensación de abandono parece manifestarse como un deseo de posesión aunque en el fondo se alberga el temor a no ser querida como uno necesita, a no ser valorada.
Del enojo a la comprensión
Es necesario no enojarnos con lo que nos pasa. Los miedos que se instalan son muy profundos. Cuando hay amor, porque estamos hablando de ese caso, cuando el amor está, no se trata de que los “hombres son fóbicos” o que “las mujeres son insoportablemente ansiosas” para citar algunos dichos bastante frecuentes. Estos juicios ubican a cada uno en el lugar de la “mala persona” cuando lo que hay detrás es un temor al dolor que suele ser mucho más intenso de lo que sospechamos. Son dolores que tocan en lo más profundo del ser humano y cada cual se protege a la manera que aprendió alguna vez, con la distancia, con la no entrega, con la desconexión o con la presión o la exigencia de determinadas pautas en la relación.
Recuerdo un caso similar al de Juan donde mi paciente explicaba, desde sus razones, la forma en que la mujerlo manipulaba y me demostraba como “Ella me invade con sus requerimientos”, “Me manipula del tal forma que hasta renuncio a ir a reuniones de negocios para que ella no se enoje” “Le fui concediendo y ahora me doy cuenta que estoy lleno de enojo, por eso le pedí tomarme un tiempo y estoy viviendo en la casa de fin de semana”. Ana, su mujer estaba doblada de dolor por esta separación. Ella advertía el enojo de su marido pero, desde ella, era su miedo al abandono que hacía los pedidos y no un afán manipulatorio. Cualquier acto de ella era leído por él como manipulación y a la vez, cualquier acción de él era leído por ella como abandono. Curiosamente cuando estaban separados él cambió su automóvil y compró el que suponía que su esposa quería, en una evidencia que la supuesta manipulación era “su” tema más que el de la esposa. En otra sesión me explicaba como la madre le preguntaba con cierto tono imperativo : “¿Cuándo vás a volver a tu casa?”.A lo que Juan le explicaba pacientemente: “Mirá mamá, tenés que comprender que yo tengo mis tiempos” etc etc. Cuando le hice notar la forma que se justificaba delante de la madre, con una dependencia digna de un escolar, me contestó: “Cómo querés que le conteste, es mi mamá”. A lo que le repliqué que a los cuarenta años no necesitaba justificarse delante de la madre y que podía ponerle un límite si lo deseaba.
Esta situación dio pié a que surgieran antiguas escenas de su niñez donde pudo expresar viejos sentimientos que tenía congelados hacia su madre, la forma en que lo manipulaba,la manera en que se creía la dueña de la verdad y como él se dedicaba a complacerla para ganarse su cariño.
Demás está decir que esta hipersensibilidad a la manipulación hacía hoytodo fuera visto bajo ese lente y por lo tanto su relación matrimonial se resentía. La pareja volvió a unirse ya que Juan al clarificarse pudo comenzar a conocer verdaderamente donde estaban sus límites: “Hoy necesito quedarme en la reunión de negocios”sosteniendo la diferencia con su esposa y atendiendo amorosamente a su miedo al abandono: “Quizás puedas pasarme a buscar y cenamos juntos”.
Si cada cual puede abrirse a lo que le pasa por dentro, puede también abrirse y compartir lo que sucede en lugar de reaccionar.
Cuando el amor resuena en la presencia del otro, nos aparecen viejas y nuevas sensaciones. El camino del amor es el camino del compromiso con lo que sentimos. Cuando tenemos la osadía de tomarlo, el compromiso es nada mas –ni nada menos- que la consecuencia natural de la valentía de abrirnos a lo que aparezca en nuestro corazón.
Cómo vencer la rutina en la pareja.
Por silvia Salinas
En todos los grupos y seminarios donde desarrollo el tema de parejas aparece la inquietud acerca de cómo vencer la rutina, es decir, cómo sostener un amor nutriente en el tiempo y sentir esa pasión que aleja todo lo rutinario. Me gustaría aprovechar este artículo para afirmar, sin dudas, que si estamos apasionados con la vida, es posible sostener el amor en el tiempo y hacer de la pareja una experiencia que se renueva permanentemente. Hay parejas que lo han logrado y justamente en este artículo han colaborado terapeutas de mi propio equipo que también tienen esa vivencia, como Laura Wilkis en Murcia con 23 años de matrimonio o Fausto Magi, un aliado en todos mis trabajos escritos, que lleva 33 años de casado con Alicia, también estrecha colaboradora mía.
Sabemos que son muchas las razones que concurren para que el amor perdure. La más importante, justamente no tiene que ver con la razón, sino con esa atracción indefinible que uno siente hacia una determinada persona, ese bienestar por la sola presencia del otro, esa pasión que se despierta cuando hay un encuentro de almas. No es explicable, ocurre porque ocurre y es el ingrediente primario para que la pareja nos alimente. No suele ser un estado permanente, son instantes, pero es preciso que esa magia exista, o al menos que haya existido alguna vez para poder recuperarla. También hace falta trabajar en los conflictos que, inevitablemente, toda relación trae. Si estas ganas trabajar no existen, el encuentro se hace difícil y lo que antes era alimento ahora será rutina.
No podemos “hacer algo” para que esa magia aparezca, pero sí podemos darnos cuenta qué el lo que nos llevó al adormecimiento de esa pasión, que a veces parece haber desaparecido. Ese darse cuenta, esa conciencia es la que nos coloca en el camino de su recuperación.
La manera en que nos fuimos durmiendo.
La rutina, dice el diccionario, es una costumbre irreflexiva. El problema no es la costumbre,no es hacer cosas repetidamente sino la imposibilidad de reflexionar, es decir de estar ahí, de darnos cuenta que estamos ahí.
Yo misma tengo costumbres, actos que se repiten sin que aparezca cansancio alguno. Por ejemplo: voy casi diariamente a desayunar frente al Río de la Plata y a leer placidamente el diario, es una costumbre, lo hago todas las veces que puedo y jamás me parece rutinario, loelijo conscientemente, lo disfruto, y cada vez que me aparto de ese programa vuelvo a elegirlo. Naturalmente, a veces estoy tomada por algún problema, entonces mis ojos se posan sobre el río pero no lo están mirando,no puedo disfrutarlo y me retiro con cierto mal humor. Sin embargo al otro día me parece que todo vuelve a brillar. En realidad ayer también brillaba, sólo que no lo podía ver. Cuando no estoy ahí no puedo ver, entonces, el mismo acto se convierte en otro.
No advertimos cuantas veces dejamos de estar presentes en cada momento y lugar. Si observáramos atentamente, percibiríamos que actuamos, “funcionamos”, pero nuestros pensamientos, las maquinaciones acerca de problemas, planes y metas, llevan nuestra cabeza a otra parte, estamos ocupados en “hacernos un futuro”y cuando no estamos ahí hacemos las cosas automáticamente, nos convertimos en pequeños robots, estamosdormidos con los ojos abiertos. Asívamos haciendo las cosas como si fueranobstáculos a eliminar y en ese marco la relación de pareja y sus conflictos suelen aparecer, en parte, como un obstáculo en el camino hacia “lo mejor”. Entonces mucho de lo que hacemos en pareja pierde sabor, deja de ser “importante” y se vuelve aburrido, rutinario.
Si no estamos presentes con el alma nada nos puede conmover y aparecerá la sensación de rutina. Absorbidos por los “temas importantes”, nos vamos ausentando de la vida, perdemos contacto con lo que hay aquí y ahora, entonces nuestra presencia se vuelve fantasmal. Sin darnos cuenta sentimos, como el título de la novela de Kundera,que“la vida está en otra parte”, entonces el presente es un mero peldaño, cuando no un obstáculo para llegar a esa “otra parte”.
Un paciente relataba lo siguiente:
Todos los días me levanto, me ducho, saludo a mi pareja con un beso, desayunamos en la cocina en invierno y en el jardín en verano. Casi siempre me doy cuenta que le estoy dando un beso. Nos sentamos a una mesa prolijamente puesta, el café humeante, el olor a tostadas, intercambiamos algunos comentarios triviales. Todo parece intrascendente, sin embargo, en ciertos casos, puedo sentir el fervor de esta pequeña escena cotidiana, como si hubiera algo de celebración en ella.Sin embargo cuando las dificultades del trabajo me abruman, paso delante de mi mujer como si fuese transparente y no puedo dejar de ver el desayuno como una rutina que me retrasa en la solución de -problemas serios-. Cuando me reclama que “no estoy allí” pienso que el problema es de ella, que tiene la cabeza en otro lado y no se da cuenta de “la realidad”.
¿Quién es realmente el que no se da cuenta de lo que está sucediendo? Lo único que realmente sucede en ese momento es el desayuno. Si uno no puede estar ahí habrá perdido para siempre ese instante y por supuesto tampoco habrá contribuido a la solución de sus problemas ya que esos problemassolo se harán realmente presentes cuando llegue a su oficina. Y cuando llegue su trabajo quizásno les pueda aplicar toda su energíapor estar pensando en el regreso al hogar o en sus futuras vacaciones. Otra vez una parte de él mismo se ausenta. Y de ausencia en ausencia se nos pasa la vida. Recuperar nuestra presencia incondicional en todo momento no es un trabajo fácil con tantas cosas que nos sacan de nuestro centro, sin embargo es necesario estar “presentes en el presente”. Es muy importante porque como dice John Welwood, el presente es lo único que existe. Y cómo podríamos disfrutarlo si no estamos allí. Como nos podría apasionaralgo o alguien cuando estamos con la cabeza en otro lado. La pasión es el antídoto de la rutina y si no hay presencia, no hay pasión.
Pasión y presencia.
La pérdida de la pasión conduce a la rutina. Jamás sentiríamosrutinario o aburrido algo o alguien que nos apasiona. Combatir la rutina es como combatir la oscuridad, no tiene sentido, sólo hace falta que aparezca la luz y la oscuridad se va sola.La pasión es la luz y es una capacidad que se cultiva, esta dentro nuestro, tiene que ver con la posibilidad de estar abierto y presente a lo que la vida nos ofrece. Normalmente creemos que viene de afuera y en las relaciones de pareja creemos que es una cualidad del otro, entonces, cuando dejamos de estar apasionados, el problema es el otro. No se trata que el otro no tenga nada que ver porque es en presencia de esa persona que nos sentimos apasionados, pero ella no es la dueña de nuestra pasión, sólo tiene la cualidad de llegar al lugar donde está el gatillo, pero la pasión que se dispara es la nuestra. Quizás el otro haya perdido esa cualidad y ya no sepa llegar a ese lugar, pero frecuentemente lo que sucede es que somos nosotros los que vamos perdiendo nuestra capacidad de apasionarnos y cuando el otro pulsa el mismo gatillo la pasión no aparece.
La pasión no necesariamente alude a un estado de exultante felicidad o a la intensidad de un encuentro sexual, el apasionamiento deviene de un estado de plenitud., de plena presencia, deriva de la capacidad de apreciar y conmoverse con cada acontecimiento de la vida, no importa cuan grande o pequeño sea, o si es de goce o tristeza. A veces tiene la intensidad del climax del encuentro sexual con amor, otrasla calma de la contemplación compartida, o se hace presente en la tristeza por los dolores de la vida.
La pasión, la rutina y los años
Es frecuente adjudicar al paso del tiempo la responsabilidad de la rutina y el aburrimiento “...y por supuesto, con tantos años de casados, como para no aburrirse...”. Es una idea muy occidental asociar el amor y el sexo a la juventud, como si fuéramos perdiendo la vida a medida que pasa el tiempo, como si el simple hecho de su transcurso deteriorara a la pareja. Es cierto que hay relaciones de pareja que se deterioran con el paso del tiempo y se “rutinizan” pero es que las que suelen cambiar son las personas y por eso las parejas cambian y no al revés.
Muchas personas al casarse, se estancan, dejan de crecer por dentro sin siquiera darse cuenta porque en Occidente el crecimiento está asociado al crecimiento económico, al proyecto, o sea, a establecerse, tener casa, auto, criar a los niños. Obvio que no tiene nada de malo avanzar el proyecto material que cada uno tiene, pero si nos dejamos tomar íntegramente por el proyecto exterior y descuidamos nuestro crecimiento interno, vamos creciendo por fuera y achicándonos por dentro, dejamos de cultivar lo que le hace bien a nuestra alma y cuando nuestro interior se empequeñece, se constriñe, dejamos de ser creativos y perdemos la capacidad de disfrutar y de apasionarnos. Sin creatividad, sin capacidad de disfrute, sin pasión, la rutina es inevitable.
La edad influye en nuestro aspecto externo, hay experiencias que cambian de forma, pero el crecimiento interno o su detención no tiene que ver con la edad, no hay edad para ese tipo de experiencia, al contrario, cuando alcanzamos la madurez y ya no estamos tan tomados por el afán de “progreso” porque la suerte económica y social está mas o menos definida, estamos algo mas libres como para preocuparnos menos por la periferia y comenzar a buscar hacia adentro hacia lo que nuestro corazón realmente necesita. Si iniciamos esta búsqueda sinceramente,suele suceder que vuelve a florecer nuestra sensibilidad y nuestra capacidad para apasionarnos. Quizás no tenga las mismas formas que en la juventud pero tiene el mismo fervor. Cuando logramos abrir el corazón la capacidad de disfrute no tiene límites, no tiene tiempo ni edad.
Una pequeña historia:
La vida no siempre es un lecho de rosas y la pareja es parte de esa vida, en consecuencia necesitamos entrenar nuestra capacidad de disfrutar con lo que hay y amar lo que es. No llamaríamos rutinario a algo que disfrutamos. Cada acto de nuestra vida de pareja podría ser una celebración si estuviéramos presentes con el corazón en ese instante único. Mientras está aconteciendo algo, en ese presente, no hay otra cosa que ese acto, el resto es pasado o futuro o sea algo que no existe, si no estamos allí tampoco existirá ese hecho, o sea nos quedaremos sin nada. Al respecto Osho cita una historia acerca de un viejo monje zen en “El camino abierto del amor”.
Estaba el monje en su lecho de muerte. Había llegado el último día y declaró que esa noche ya no estaría más. Entonces empezaron a llegar los seguidores, los discípulos, los amigos. Había muchos que lo amaban y todos empezaron a llegar. Se reunió gente de todas partes; uno de sus viejos discípulos, al oír que el maestro se estaba por morir, corrió hasta el mercado.
Alguien le preguntó: “El maestro esta muriendo en su cabaña, ¿porqué vas para el mercado?
El viejo discípulo dijo: “ Se que mi Maestro adora un tipo especial de torta, así que voy a comprarle esa torta.”.
Era difícil encontrar esa torta porque ya no estaba de moda, pero para la noche se las arregló para encontrarla. Llegó corriendo con la torta. Y todos estaban preocupados: era como si el maestro estuviese esperando a alguien. Abría los ojos, miraba y cerraba los ojos de nuevo. Y cuando ese discípulo llegó dijo: “Bueno, así que has llegado. ¿Dónde está la torta?
El discípulo sacó la torta... y estaba muy feliz de que el Maestro hubiese preguntado por ella; muriendo, el Maestro tomó la torta en sus manos, pero sus manos no temblaban; era muy viejo pero sus manos no estaban temblando. Entonces alguien le preguntó: “Eres tan viejo y al borde de la muerte. Estás por dar el último aliento pero... ¿tus manos no están temblando?”
El Maestro dijo: “Nunca tiemblo, porque no tengo miedo. Mi cuerpo ha envejecido pero yo todavía soy joven y seguiré siendo joven cuando mi cuerpo se haya ido”.
Luego tomó un pedazo y empezó a masticar la torta, y entonces alguien le preguntó: “Cual es tu último mensaje, Maestro? Pronto nos dejarás. ¿Qué es lo que quieres que recordemos?
El maestro sonrió y dijo: “¡Ah, esta torta es deliciosa!”
Ese es un hombre que vive aquí y ahora. Esta torta es deliciosa, hasta la muerte es irrelevante. El próximo momento no tiene ningún sentido... en este momento, la torta es deliciosa.
Si puedes estar en este momento, en este momento presente,en esta plenitud, sólo entonces puedes amar
RECOMENDACIONES /COMO VENCER LA RUTINA EN LA PAREJA
Cuando la rutina y el aburrimiento avanzan damos por sentado que es “el otro” el que me aburre y decimos “Vos no sos la misma”.
Pero la gran pregunta es “¿Yo soy el mismo?”.Nunca sabemos a ciencia cierta lo que le sucede al otro, pero sí podemos llegar a saber que sentimos nosotros, por eso les propongo un diálogo con la pareja bajando la guardia y hablando desde el corazón. He aquí algunas sugerencias:
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Elegir el momento adecuado. Que la propuesta no caiga en medio de urgencias que tienen tomadas las cabezas de cada uno.
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El que hizo la propuesta comienza a hablar con las siguientes “reglas”:
- Hablar desde si mismo, de lo que le sucede o siente, abriendo el corazón, evitando reclamos, acusaciones o juicios hacia el otro.
- Si acuso o enjuicio solo logro que el otro se defienda o rebata. Por ejemplo: “Vos me abandonaste” es un juicio, una acusación que a nuestra pareja puede, aún honestamente, no resultarle cierta. Si digo “Yo me siento abandonada”, es un sentimiento indiscutible. Mi pareja puede ser solícita, al menos a su manera, pero mi percepción puede ser otra. No rebatir argumentando que no es “real”. Lo importante es que para el otro es real.
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El que escucha, solo hace eso, escuchar, sin rebatir ni contestar Poner énfasis en enterarse lo que el otro siente y percibe, en comprender su posición.
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Recorrer mentalmente en un primer momento los aspectos de la vida que no tienen que ver con la rutina en pareja, especialmente en lo laboral, explorar en nuestro interior cómo nos sentimos “realmente”.
- “Realmente” quiere decir indagar lo que sentimos en profundidad. Es muy común decir, me siento bien, tengo casa, auto, buen puesto, buen pasar, como si eso por sí solo fuera sinónimo de sentirse bien. Quizás uno llegó a todo que se propuso pero el profundo bienestar interno no ha llegado y llega a la conclusión “lógica” que la fuente de insatisfacción es la pareja.
- En un segundo momento incorporar las sensaciones y sentimientos vinculados a la pareja. Siempre hablando de lo que “yo” siento.
- Intercambiar los roles. Pedirle al otro que haga lo mismo
- No alejarse con la cabeza de lo que está sucediendo buscando rebatir o internándose en la búsqueda de soluciones o defensas. La idea es identificar los obstáculos propios y sobre todo comprender lo que al otro le sucede. Asimismo recapitular juntos sobre las diferencias en los puntos de vista sin pretender imponer uno por sobre otro. En un segundo momento se buscarán las manera de acortar esas diferencias (o la manera de marchar con ellas).
Si tenemos la suficiente valentía podemos llevarnos la sorpresa que muchas cosas que dependen de nosotros, antes que de nuestra pareja, y presuntamente “marchaban sobre rieles” no nos deparanla satisfacción que esperábamos.
Cuando buscamos así la forma en que la rutina se fue instalando, fuera del interés de ganarle al otro, quizás no sólo descubramos la forma en que el otro se fue alejando, también damos lugar a encontrar la manera en que nosotros nos fuimos alejando de nosotros mismos, un paso indispensable para el reencuentro con nuestro interior y con nuestra pareja.
Cómo elegir una pareja.
Por Silvia Salinas
A una pareja adecuada se llega luego de haber recorrido un camino. Cada paso de ese camino deja una enseñanza, un peldaño indispensable para llegar al final de la escalera. Así, cada relación, por más inadecuada que nos parezca, aumenta nuestro saber. Si aceptamos los distintos aprendizajes como una travesía necesaria llegaremos al punto donde nuestro corazón y nuestra cabeza se unen en la elección de lo que realmente necesitamos. Dejemos que este testimonio nos ayude a entender de que estamos hablando:
"Me llamo Claudia, me casé a los veinte años formando la “pareja perfecta”, sobre todo desde la mirada de nuestras familias:Yo, una estudiante de Diseño del Paisaje, bonita, sin relaciones amorosas importantes hasta el momento, ni siquiera había tenido mi primera relación sexual. Ricardo un brillante médicorecién recibido, con familia de buena posición ycon todo el porvenir por delante. Desde el comienzo rebalsábamos de proyectos: Viajes,automóviles, una casa, etc. Al poco tiempo me había transformado de la desorganizada Claudia que era, en la ejecutora de todos los proyectos al punto de dirigir personalmente con acierto hasta la construcción de nuestra casa. Jamás hubiera pensado que podía moverme tan diestramente. La situación me encandilaba. Sin embargo, “la sombra” aparecía en los momentos de intimidad. Cuando la excitación de los proyectos cesaba y simplemente nos tocaba estar juntos, alma con alma, sin hacer nada, aparecía un velo de aburrimiento donde el punto máximo se expresaba en mi dificultad para gozar en las relaciones sexuales.Este velo se fue transformando en una densa niebla y cuando comenzaron los reproches, se hizo evidente la oculta distancia que había entre nosotros. Todos los proyectos que nos entusiasmaban se fueron transformando en una cáscara vacía y los conflictos no tardaron en corroer la relación. Mi entusiasmo cesó por completo, no conseguía sentirme atraída por Ricardo y cuando nos separamos creía ser sexualmente frígida.En medio de mi sufrimiento y con la idea, no voy a poder sentir, casi casualmenteconocí a Eduardo. La atracción física fue sorprendente e inexplicable, sobre todo para mí que finalmente descubrí lo que significaba disfrutar sexualmente. La idea que no podía sentir voló en mil pedazos.
Para mi sorpresa aparece el compromiso mutuo, una buena sexualidad, y una confianza interna que Ricardo no había conseguido despertar en mí. Eduardo estaba permanentemente pendiente de cada necesidad mía. Sentía que la sangre me hervía.Sin embargo “la sombra” reinaba nuevamente: Élera casado. Con el tiempo esta relación pasó de apasionada a tumultuosa. La posesividad de que Eduardo al principio me gustaba, con el tiempo comenzó a ahogarme. Por otro lado él soportaba cada vez menos la separación de su estructura familiar. En ese momento procuré una ayuda terapéutica, desesperada por la noticia reciente queél visitaba en secreto a su ex esposa. Cuando la situación mostró que Eduardo no daría el paso hacia la consolidación de nuestra pareja, mi terapeuta me ayudo a terminar la relación. Dolorosamente me retiré con una nueva idea: no voy a poder volver a confiar.A los treinta años me rondabala sensación que el amor no era para mí y medediqué de lleno a mi profesión al punto de convertirme en una paisajista requerida para el diseño de todos los espacios verdes importantes.
Entregada a mi trabajo y a la feliz relación con mis sobrinos, solo tenía las relaciones ocasionales que mi cerrado corazón me permitía. Un día me encuentro con Fernando, un viejo amigo de mis primeros años de escuela secundaria. Tras los recuerdos obligados Fernando me cuenta sus desencuentros amorosos ya que había pasado por varias rupturas para encontrarse finalmente divorciado y con un hijo de seis años. No puedo explicar lo que pasó, no fue un amor súbito, quizás fueron nuestros dolores los que nos unieron, pero lo cierto es que el amor fue creciendo. Hoy estoy feliz, embarazada y fuertemente unida a Fernando.Hasta que el amor con Fernando floreciera, tenía la sensación de haber sido una víctima de misparejas. Con Ricardo fue, “no soy capaz de sentir la pasión”, con Eduardo se convirtió en “solo me deja el lugar de amante y luego me traiciona”. De no haber mediado la amistad previa con Fernando y su amoroso trabajo por reabrirme al amor la amargura me hubiera tomado totalmente y el amor no hubiera llegado. Hoy, desde mi felicidad, descubro la cara ignorada de mis relaciones anteriores, descubro que no estuvieron hechas únicamente de desencuentros y amarguras, sino que fueron los peldaños queme prepararon para mi actual pareja. Por eso finalmente puedo reconocer y lamentar los desencuentros y agradecer lo que cada uno me dejó.
Así descubrí que en la relación con Ricardo aprendí a organizarme, tanto en mi trabajo como en mi casa y llevar una vida de familia que jamás había experimentado en mi infancia. Eduardo me ayudó a liberarme del fantasma de mi sexualidad “inadecuada” . Cuando estaba junto a él, piel con piel, sentía que “chocaban los planetas”, pero también había disfrutado con Ricardo de la sensación de hogar y familia que con Eduardo no pudo ser.Finalmente llegó a mi vida Fernando, ambos sabemos lo que necesitamos, somos capaces de dejar el mundo externo fuera de nuestro dormitorio y permitir que ambos cuerpos se vayan encontrando. De la misma manera, trabajamos cotidianamente para hacer crecer nuestro pequeño mundo y para enfrentar ese mundo externo que cada día nos presenta".
No hay mapas para ir al encuentro del amor. Elegí el testimonio de esta paciente porque revela algunos “ingredientes” sin los cuales se hace difícil una relación duradera. Por un lado necesitamos indispensablemente que el otro despierte lo que llamamos el amor incondicional. El amor incondicional está presente en el encuentro de almas, la atracción, las ganas de estar juntos. No se puede explicar, es ese bienestar, esa alegría del corazón que sentimos por el sólo hecho que el otro esté cerca. Cuando esa llama arde nos sentimos en las nubes.Sin embargo no somos puro corazón, no siempre podemos estar en las nubes, también vivimos en forma terrenal, tenemos necesidades, gustos, cautelas y preocupaciones que influyen en la relación, o sea que también necesitamos que el otro encaje en nuestras preferencias. Este aspecto lo denominamos amor condicional,son las condiciones que imponen nuestras necesidades, y resulta difícil ignorarlas por completo. Al respecto alguna vez escuché: Un pez y un pájaro se pueden enamorar, pero ¿donde van a vivir?. Estos dos aspectos del amor, la incondicionalidad con que dos almas se encuentran, y la condicionalidad de nuestros gustos y preferencias necesitan estar presentes para que la pareja dure.
Al elegir una pareja, en primer lugar tenemos que dejar que el corazón, el almaguíe y después la cabeza acompañe porque personalmente pienso que, a menos que se trate de un pez y un pájaro, siempre es posible llegar a encontrar un terreno en común en nuestros gustos, en nuestras condiciones mientras que no es posible “fabricar” amor incondicional, el encuentro de almas sucede o no sucedeNo es posible establecer proporciones de uno y otro. Varía de pareja en pareja y de hecho es normal que varíen con el tiempo. Por ejemplo en la primera etapa, cuando novios es un terreno propicio para que se desarrolle el amor incondicional, al casarse es normal estar muy tomados por el proyecto, establecer un hogar, tener hijos, establecerse profesionalmente, entonces el aspecto del amor condicional se agranda: “Estamos remando juntos en el mismo barco”.Aún en ese período nodebemos descuidar el cultivo del amor incondicional que habita en cada uno y procurar espacios donde “hacer nada juntos”. Ese amor siempre nos nutre, especialmente una vez establecidos y donde el proyecto en el mundo externo no ocupa tanto lugar.
No es casual que las crisis de pareja aparezcan “justo cuando teníamos todo”. Así sucedió con el caso de nuestro testimonio, la brillantez de la situación con Ricardo encandiló a Claudia, las condiciones, ocuparon todo el espacio de la pareja y tardíamente descubrió que el entusiasmo y el encuentro de almas no eran sinónimos. Cuando todo es lindo y ordenado pero no hay encuentro de almas la vida en pareja se vuelve vacía aburrida.Por otro lado Eduardo despertó la fuente de amor incondicional de Claudia. En su cercanía se sentía apasionada, nutrida, reconocida, todo era más intenso. Sin embargo el amor condicional de Claudia no tenía lugar en la relación, ella quería formar una familia, tener hijos y un hogar. Es preciso tener en claro cuales son las necesidades a las que no estamos dispuestos a renunciar, de lo contrario aunque el otro nos haga sentir “en el cielo” los conflictos “terrenales” terminarán afectando la relación.Cuando apareció Fernando, Claudia conocía muy bien (gracias a sus parejas anteriores) lo que eran los placeres del cielo y los de la tierra, no pensaba encontrar lo que encontró, se acercó sin exigencias, sin expectativas y lo mismo le ocurría a él. Esa no exigencia fue el abono que hizo crecer un amor tan intenso e inesperado.Éste último es un tema que me gustaría resaltar. Circulan tantas recetas de cómo elegir una pareja que terminamos acercándonos al otro con una planilla de requisitos para no equivocarnos y es entonces cuando seguramente nos equivocamos ya que estamos más preocupados por hacerlo encajar en nuestra planilla que por escucharlo y observarlo. Así despertamos en nuestra futura pareja la preocupación por ser el“modelo” en lugar de ser él mismo.
Y como el otro también está con su planilla todo conduce a una funesta consecuencia: No se están viendo.Por eso cuando alguien nos atrae es preciso acercarse sin requisitos ni expectativas como un niño que dice, “Veamos que hay”, dejar que algún tiempo transcurra, observar qué dice nuestro corazón y tan sólo permitir que suceda lo que tiene que suceder en nuestro interior para después escuchar lo que nuestra cabeza tiene para decir.
RECOMENDACIONES PARA EL ARTÍCULO “COMO ELEGIR UNA PAREJA”
- Darse cuenta de los prejuicios con los que nos acercamos al otro. Desde el mas burdo: “Yo no podría ser la pareja de alguien que usa esos zapatos” a otros mucho mas sutiles.
- Revisar la lista de ideas que tenemos. Una paciente me decía: “Yo trato de imaginar cómo quedaría de frac ante el altar”. Nunca terminaremos de conocer al otro pero mucho menos si nos acercamos con ideas, prejuicios, requisitos que nos impiden ver a nuestra pareja tal como es.
- Sólo cuando trabajamos para librarnos de nuestros prejuicios e ideas comenzaremos a ver al otro y a percibir que sucede en nuestro interior dando lugar a que surja el amor incondicional y nuestras almas se encuentren (o no).
- De la misma manera a medida que vamos conviviendo podremos apreciar que sucede con nuestra “vida cotidiana y terrenal”, es decir, la manera en que armonizamos nuestro amor condicional.
- Tener presente que en las relaciones de pareja : “El corazón manda y la cabeza acompaña”
- Descartar todas las recetas acerca de cómo debe ser el hombre o la mujer perfecta.
Descartar aún este artículo si por atender a él te pierdes.
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